Les Germaníes

A comienzos del siglo XVI, Mislata era una población de huerta en la que convivían dos comunidades con una trayectoria propia: el Lugar de los Cristianos y la Morería. Sus habitantes compartían espacios, pero estaban sujetos a diferencias religiosas, jurídicas y fiscales. Sobre aquel equilibrio, construido durante generaciones y atravesado por conflictos, irrumpieron las Germanías: una revuelta que comenzó en Valencia y terminó convirtiéndose en una guerra que afectó profundamente al reino.

Mislata participó en aquellos acontecimientos y sufrió sus consecuencias. Las noticias conservadas hablan de adhesión al movimiento agermanado, aportaciones militares a la causa contraria y sanciones económicas posteriores. Para los habitantes musulmanes, la crisis tuvo además un alcance que sobrevivió a la guerra: los bautismos forzosos y las decisiones adoptadas por la monarquía acabaron suprimiendo la posibilidad de practicar legalmente el islam. La antigua comunidad mudéjar entró así en una etapa nueva, la de los moriscos de la Vilanova de Mislata.

El origen de la Germanía:

La palabra germanía aludía a una hermandad o asociación. En Valencia quedó vinculada al movimiento organizado por los oficios y gremios que, en los primeros años del reinado de Carlos I, reclamaron una mayor intervención en el gobierno de la ciudad.

La amenaza de los corsarios había favorecido el armamento de los vecinos. Aquella organización defensiva proporcionó a los oficios una capacidad de movilización que adquiriría un significado político. La peste de 1519 y la salida de parte de los grupos dirigentes agravaron la crisis de autoridad y facilitaron el protagonismo de los sectores artesanales.

La Junta de los Trece, integrada por representantes de los oficios, se convirtió en el principal órgano del movimiento. Sus reivindicaciones afectaban al acceso a los cargos municipales, la gestión de los recursos y el reparto de las cargas económicas. Los agermanados denunciaban los abusos de los poderosos y defendían que su actuación servía al bien común.

Entre sus dirigentes figuraron Joan Caro, Guillem Sorolla y Vicent Peris. Frente a ellos se situaron la nobleza y las autoridades reales, encabezadas por el virrey Diego Hurtado de Mendoza, conde de Mélito. Aunque los rebeldes invocaban inicialmente su fidelidad al monarca, la disputa por el gobierno y la obediencia a sus representantes terminó desembocando en un enfrentamiento armado.

La huerta también tenía motivos para rebelarse

Las Germanías encontraron apoyo más allá de los talleres de Valencia. En el campo existían tensiones relacionadas con la propiedad, las rentas y la autoridad de los señores. Para muchos labradores, el conflicto ofrecía una oportunidad de cuestionar obligaciones que condicionaban su trabajo y la transmisión de sus bienes.

En Mislata, se unieron el malestar con la transformación de una parte del antiguo espacio de tierras francas en un territorio sometido al régimen señorial. La cuestión afectaba a aspectos muy concretos: quién podía exigir pagos, intervenir en una compraventa, nombrar autoridades o ejercer justicia sobre los vecinos.

Entre los derechos señoriales se encontraban los censos, satisfechos por el aprovechamiento de casas y tierras; el luismo, vinculado a determinadas transmisiones de propiedades; y la fadiga, que otorgaba al señor un derecho preferente de adquisición en ciertas operaciones. A ellos podían añadirse particiones de cosechas y otras obligaciones.

Estas cargas ayudan a comprender por qué una población agrícola podía interesarse por una revuelta nacida entre los oficios urbanos. El problema no se limitaba a lo que ocurría en el gobierno de Valencia: alcanzaba también a las relaciones entre los habitantes de Mislata y quienes ejercían derechos sobre sus viviendas, sus campos y su comunidad.

Mislata y su Morería se incorporaron en abril de 1520

El historiador Pablo Pérez García sitúa la incorporación de Mislata, junto con su Morería, el 22 de abril de 1520. Su estudio identifica la población como señorío de don Ximén Pérez de Urrea y la incluye en la expansión del movimiento por la huerta.

La mención expresa de la Morería resulta significativa. Impide explicar toda la trayectoria local mediante una división fija entre cristianos agermanados y musulmanes contrarios a la revuelta. La adhesión de una comunidad tampoco equivale a conocer la posición individual de todos sus habitantes, ni garantiza que esa posición permaneciera inalterada durante la guerra.

El mismo investigador incluye la aljama de Mislata entre las comunidades musulmanas que sufrieron asaltos y saqueos, junto con Manises, Alcácer y Picassent. La población aparece, por tanto, vinculada tanto a la extensión inicial de la Germanía como a la violencia posterior contra las aljamas.

Seis hombres de Mislata en la causa contraria

Santos Ramírez aporta otra noticia concreta encontrada en el Archivo del Reino de Valencia: Mislata contribuyó con seis hombres a la lucha contra los agermanados. En la relación que reproduce aparecen también Russafa, con quince; Burjassot, con doce; Torrent, con siete; Albal y Alaquàs, con seis cada una; Benetússer, con tres; y Paiporta, con uno.

La aportación debe entenderse dentro de la movilización de recursos que sostuvo al ejército contrario a la Germanía. La guerra se financiaba mediante préstamos, donativos y contribuciones de distintas instituciones y comunidades, además del reclutamiento de soldados. El dato permite reconocer una participación mislatera en la causa real y señorial.

Leídas conjuntamente, la adhesión de 1520 y esta aportación militar muestran una trayectoria local más compleja que una única elección de bando. Las decisiones comunitarias, las obligaciones impuestas por el señor y las posiciones particulares de los vecinos podían responder a circunstancias diferentes.

La guerra y los ataques contra las comunidades musulmanas

Durante 1521, el enfrentamiento adquirió una dimensión militar y religiosa cada vez más violenta. La victoria agermanada de Gandía, el 25 de julio, dio un impulso a los rebeldes, mientras las fuerzas reales obtenían triunfos en otros frentes. La derrota agermanada de Orihuela, el 30 de agosto, fue uno de los golpes decisivos contra el movimiento. La resistencia continuaría durante 1522 en el eje de Xàtiva y Alzira.

Los saqueos de las aljamas proporcionaban botín y fueron acompañados, en distintos lugares, de bautismos forzosos y agresiones contra sus habitantes. El conflicto contra la nobleza se entrelazó así con la persecución de comunidades musulmanas que ocupaban una posición vulnerable dentro de la sociedad valenciana.

Muchos señores obtenían de sus vasallos musulmanes rentas y prestaciones y recurrieron a ellos en la defensa de sus dominios. Esa vinculación alimentó la hostilidad de sectores agermanados, que asociaban a los mudéjares con el poder señorial. A las tensiones económicas se sumaban prejuicios religiosos y sospechas de colaboración con los enemigos del litoral.

Sin embargo, presentar a todos los musulmanes como simples instrumentos de la nobleza borra sus propias necesidades: conservar sus casas, sus cultivos, sus familias y el derecho a vivir conforme a su religión. La protección señorial podía ofrecer seguridad, pero también implicaba dependencia y obligaciones.

Un episodio cercano: los saqueos de Manises

La documentación de las poblaciones vecinas permite acercarse a la violencia que se extendió por este sector de la huerta.

Jorge Antonio Catalá Sanz recoge que, en julio de 1521, los hermanos Pere y Joanot Rea, de Quart de Poblet, participaron presuntamente en ataques contra casas y talleres de musulmanes de Manises. Pedro Boïl, señor de aquella población, los acusó de haberse apropiado de cerámica valorada en más de quinientos ducados y de haber causado daños todavía mayores. También les atribuyó la liberación de un preso llamado Joan Nofre.

La causa criminal se abrió en diciembre de 1521 y se conserva en el Archivo del Reino de Valencia. Son acusaciones recogidas en un procedimiento judicial y deben entenderse como tales. El episodio sucedió en Manises, pero muestra la proximidad de los ataques a viviendas y actividades productivas musulmanas en el entorno de Mislata.

Los bautismos forzosos

Los bautismos impuestos durante la guerra alteraron profundamente la situación de los mudéjares. En numerosas poblaciones, la amenaza y el miedo condicionaron la aceptación de un sacramento que las autoridades cristianas considerarían después vinculante.

Para las personas afectadas, el problema no terminaba cuando se retiraban los hombres armados. Haber recibido el bautismo podía significar que, desde entonces, se les exigiera vivir como cristianos, aunque no hubieran abandonado voluntariamente sus creencias ni recibido una instrucción religiosa suficiente.

Terminada la guerra, hubo bautizados que volvieron a sus prácticas anteriores. Se abrió entonces una controversia de gran alcance: determinar si aquellos bautismos eran válidos y si sus destinatarios podían seguir siendo considerados musulmanes.

Santos Ramírez explica cómo la discusión acabó trasladándose al terreno de la obediencia religiosa. Si el bautismo se reconocía como válido, la continuidad de las prácticas islámicas podía perseguirse como una infracción cometida por alguien considerado ya cristiano.

En Mislata, los ataques contra la aljama deben situarse dentro de este proceso. No disponemos aquí de una relación nominal ni de una fecha que permita reconstruir un bautismo colectivo de sus habitantes durante la guerra. La transformación posterior de su condición religiosa, en cambio, está ligada a las decisiones generales que afectaron al reino.

La derrota y la multa impuesta a Mislata

La victoria real abrió una etapa de castigos, confiscaciones y sanciones económicas. La represión alcanzó a dirigentes y participantes, pero también se impusieron obligaciones colectivas a las poblaciones relacionadas con la revuelta.

Las composiciones eran acuerdos económicos mediante los cuales se fijaban cantidades que debían satisfacer los castigados. Su cobro requería distribuir obligaciones, reconocer deudas y organizar pagos. Para las comunidades, la derrota podía prolongarse durante años en forma de cargas financieras.

Mislata se encontraba entre las poblaciones sometidas a composición, dentro del grupo de localidades que pagaron menos de doscientos ducados. 

De mudéjares a moriscos: las decisiones de 1525 y 1526

La derrota de los agermanados no devolvió a las comunidades musulmanas la situación anterior. La controversia sobre la validez de los bautismos forzosos continuó después de la guerra y abrió el camino a decisiones que acabarían suprimiendo el derecho a practicar el islam. Quienes habían recibido el bautismo quedaron expuestos a que se les exigiera vivir como cristianos, aunque hubieran aceptado el sacramento bajo amenazas.

En 1525, la monarquía extendió la obligación de convertirse a los musulmanes del Reino de Valencia. La aplicación de estas medidas durante 1525 y 1526 culminó un proceso distinto de los bautismos impuestos durante la revuelta, aunque estrechamente relacionado con ellos. La desaparición de la condición mudéjar se produjo así mediante la combinación de la violencia de los años de guerra y las disposiciones adoptadas posteriormente por las autoridades.

En Mislata, los habitantes musulmanes pasaron a ser considerados cristianos nuevos o moriscos. El cambio jurídico y religioso impuesto no hizo desaparecer su lengua, sus vínculos familiares ni las creencias transmitidas durante generaciones. Las mismas familias que habían formado la aljama continuaron habitando sus casas y trabajando sus tierras, ahora sujetas a la obligación de recibir instrucción cristiana, participar en el culto y abandonar las prácticas islámicas.

La antigua Morería, identificada durante esta etapa como Vilanova de Mislata, entró en una nueva realidad sin romper por completo con su pasado. Sus habitantes conservaron sus relaciones comunitarias y permanecieron dentro del régimen señorial, mientras las autoridades les exigían adaptar su vida a la religión oficial. El bautismo transformó su condición legal; la transformación de sus costumbres y creencias sería un proceso mucho más largo, atravesado por presiones, negociaciones y resistencias.

La mezquita y la continuidad del poder señorial

La transformación religiosa también afectó a los edificios. La mezquita de Mislata, situada en la plaza del castillo, actual plaza de la Morería, fue convertida en una ermita dedicada a San Miguel. Posteriormente, el edificio fue derribado y su solar quedó incorporado a las propiedades señoriales. Aquel espacio de oración y reunión de la comunidad musulmana perdió así su función original y acabó integrado en el patrimonio del señor.

La mezquita tuvo una trayectoria propia, diferente de la iglesia del núcleo cristiano. Su conversión en ermita formó parte de la reorganización religiosa que acompañó al final de la comunidad mudéjar, aunque no puede fijarse aquí una fecha exacta para esa transformación.

El bautismo de los habitantes tampoco puso fin a su dependencia señorial. Un documento de 1689, que recordaba privilegios anteriores, recoge la confirmación de la jurisdicción sobre la Morería de Mislata por Carlos I, en Granada, el 15 de julio de 1526.

Mientras desaparecía el reconocimiento legal de la comunidad musulmana, continuaban los derechos del señor sobre sus habitantes. Los antiguos mudéjares pasaban a ser considerados cristianos, pero seguían sujetos a un régimen de rentas, propiedades y jurisdicciones. La conversión modificó su condición religiosa sin proporcionarles una liberación de las obligaciones señoriales.

Las Germanías dejaron una huella que se prolongó mucho más allá de la guerra. En Mislata, la crisis afectó a las relaciones entre sus comunidades, a las cargas económicas de los vecinos y a sus espacios de culto. En ese contexto comenzó la etapa de la Vilanova morisca, cuyos habitantes conservaron parte de su herencia mientras afrontaban nuevas exigencias religiosas y continuaban negociando sus condiciones de vida bajo la autoridad señorial.

Fuentes:

-Ramírez Martínez, Santos. Los moriscos de la Vilanova de Mislata, 1525–1609. Especialmente pp. 56, 71–79 y 81–85. Fuente de las aportaciones militares, las composiciones, las referencias archivísticas locales y la transformación de la mezquita.

-Pérez García, Pablo. «Germanía y Germanías: el conflicto y su proyección historiográfica sobre el territorio valenciano». Pedralbes, 42 (2022), pp. 177–243; especialmente pp. 221–222, nota 149.

-Pérez García, Pablo. «Les Germanies als regnes de València i Mallorca». Catalan Historical Review, 17 (2024), pp. 123–137.

-Catalá Sanz, Jorge Antonio. «Historia Moderna», en Quart de Poblet. Historia, Arte y Geografía, dirigida por Jorge Hermosilla Pla. Especialmente p. 289.

-Ferri, Natividad. «Génesis, evolución y fin de la comunidad morisca de Valencia (1525–1609): vida de una generación efímera». HispanismeS, 8.