La Batalla de Mislata de 1348

La proximidad de Mislata a la ciudad de Valencia y su posición junto a los caminos, las acequias y el río Turia hicieron de su territorio un lugar estratégico en numerosos conflictos. Uno de los episodios más importantes fue la Batalla de Mislata, librada el 9 de diciembre de 1348 entre el ejército de Pedro IV de Aragón, llamado el Ceremonioso, y las fuerzas de la Unión de Valencia.

No fue una batalla aislada ni un simple enfrentamiento entre el rey y unos cuantos nobles rebeldes. Constituyó el desenlace de una profunda crisis política, fiscal y social que afectó al Reino de Valencia durante los años 1347 y 1348. La victoria realista en las huertas de Mislata provocó la rendición de Valencia, puso fin a la resistencia armada de la Unión y abrió un periodo de durísima represión.

Durante unas horas, el paisaje agrícola mislatero —sus caminos, ramblas, acequias, azudes y campos de cultivo— se convirtió en uno de los principales campos de batalla de la Corona de Aragón.

Pedro IV y el origen del conflicto:

Pedro IV accedió al trono de Aragón en 1336. Desde el comienzo de su reinado intentó reforzar la autoridad de la monarquía y ampliar su capacidad para intervenir en el gobierno de los diferentes territorios de la Corona.

Esta política generó un creciente malestar entre los estamentos valencianos. La monarquía necesitaba grandes cantidades de dinero para financiar sus campañas militares en el Mediterráneo, la guerra contra los benimerines y la incorporación del Reino de Mallorca. Para obtener esos recursos solicitó repetidamente subsidios y préstamos a las ciudades y villas reales.

Valencia soportaba un fuerte endeudamiento como consecuencia de estas demandas. Las ayudas al monarca se recaudaban con frecuencia mediante sisas e impuestos indirectos que gravaban productos de consumo cotidiano como el trigo, la carne, el vino, el aceite o los tejidos.

A las exigencias fiscales se sumaban otros motivos de descontento: las continuas alienaciones del patrimonio real, las concesiones de villas y jurisdicciones a miembros de la nobleza y la presencia en el Consejo Real de juristas procedentes de otros territorios que desconocían o minusvaloraban los Fueros de Valencia.

El conflicto no nació, por tanto, de una sola decisión, sino de la acumulación de agravios políticos, fiscales y jurisdiccionales durante más de una década. El historiador Vicent Baydal ha estudiado este proceso como una reacción frente al crecimiento de las exigencias económicas y del autoritarismo de la Corona.

La proclamación de la infanta Constanza:

El detonante inmediato de la rebelión fue la cuestión sucesoria.

Pedro IV todavía no tenía hijos varones y, en marzo de 1347, decidió reconocer como heredera a su hija primogénita, la infanta Constanza. La decisión fue tomada sin consultar a las Cortes y contrariaba la costumbre sucesoria seguida hasta entonces, que daba preferencia a los parientes varones.

Hasta ese momento, el presunto heredero era el infante Jaime, conde de Urgel y hermano del rey, que también desempeñaba el cargo de procurador general. Su apartamiento afectaba no solo a sus derechos dinásticos, sino también a una de las principales magistraturas de la Corona.

No es completamente exacto afirmar que existiera una ley sencilla y expresa que prohibiera a toda mujer reinar. El problema era más complejo: la decisión del monarca modificaba unilateralmente la costumbre sucesoria, perjudicaba a los parientes varones y se había adoptado sin el consentimiento de los estamentos reunidos en Cortes.

La proclamación de Constanza fue interpretada como una nueva demostración de que Pedro IV pretendía gobernar al margen de los mecanismos tradicionales de negociación política.

El nacimiento de la Unión de Valencia:

En mayo de 1347, la ciudad de Valencia convocó a representantes de los estamentos del reino. El 1 de junio quedó constituida formalmente la Unión, que afirmaba actuar en defensa de los fueros, privilegios, libertades, buenos usos, franquicias e inmunidades de la ciudad y del Reino de Valencia.

La historiografía tradicional presentó este movimiento como una rebelión de la nobleza semejante a la Unión aragonesa. Las investigaciones de Mateu Rodrigo Lizondo y Vicent Baydal han demostrado que la Unión valenciana tuvo una composición diferente.

Fue encabezada principalmente por los grupos ciudadanos que gobernaban el Consell de Valencia. En ella participaron juristas, mercaderes, artesanos y sectores populares de la capital, además de representantes de distintas villas y lugares del reino. También contó con el apoyo de algunos caballeros y nobles, pero no fue un movimiento exclusivamente nobiliario.

La alta nobleza territorial, las órdenes militares y numerosas villas reales permanecieron fieles a Pedro IV. Entre los principales partidarios del monarca se encontraban Pedro de Jérica, Lope de Luna, Alfonso Roger de Lauria, Ramón de Riusec, Bernat de Cabrera, el castellán de Amposta Juan Fernández de Heredia y el maestre de Montesa, Pere de Tous.

La Unión valenciana y la aragonesa compartían su oposición al fortalecimiento de la autoridad real, pero no defendían exactamente los mismos intereses. En Valencia tuvo especial importancia la protección de la autonomía política y fiscal de las ciudades y villas frente a las decisiones unilaterales de la Corona.

De la protesta política a la guerra civil:

La tensión derivó rápidamente en un enfrentamiento armado. A finales de 1347, los unionistas obtuvieron importantes victorias sobre las fuerzas realistas en la Pobla Llarga y Bétera.

Pedro IV se vio obligado a desplazarse al Reino de Valencia y durante un tiempo quedó prácticamente sometido a la presión de los rebeldes. En abril de 1348, un grave tumulto en el Palacio del Real mostró hasta qué punto había perdido el control de la situación.

Una multitud irrumpió en el palacio y obligó al monarca a presentarse ante los sublevados. Aquella misma noche, centenares de personas regresaron acompañadas de trompetas y tambores y forzaron al rey y a la reina a bailar con ellos. Uno de los cabecillas populares fue el barbero Gonçalvo, episodio que Pedro IV nunca olvidaría y que tendría consecuencias trágicas después de la victoria realista.

El monarca tuvo que aceptar temporalmente algunas de las exigencias de la Unión, entre ellas la creación de un Justicia de Valencia semejante al Justicia de Aragón y el nombramiento del infante Fernando como gobernador o procurador general.

La peste negra en medio de la guerra:

La Guerra de la Unión coincidió con la llegada de la peste negra, que durante 1348 provocó una mortalidad extraordinaria en los territorios de la Corona de Aragón.

La epidemia debilitó a ambos bandos, alteró los desplazamientos de tropas y acabó con la vida de muchos dirigentes. La propia reina Leonor de Portugal, segunda esposa de Pedro IV, murió en Jérica en octubre de 1348, pocas semanas antes de la batalla.

El conflicto se desarrolló, por tanto, en una sociedad profundamente castigada por la guerra, la crisis agrícola, el endeudamiento y una de las epidemias más devastadoras de la historia europea.

La derrota de la Unión aragonesa y el avance del ejército real:

El equilibrio militar cambió durante el verano de 1348.

Lope de Luna, que se había apartado de la Unión aragonesa y unido al partido del rey, derrotó a los rebeldes en la Batalla de Épila. La victoria permitió a Pedro IV recuperar el control de Aragón y dirigir sus fuerzas contra Valencia.

La Unión valenciana quedó aislada. Sus dirigentes intentaron mantener la resistencia atacando poblaciones fieles al monarca. Las fuerzas unionistas marcharon contra Riba-roja, señorío de Ramón de Riusec, y atacaron Morvedre, donde saquearon la judería.

Dentro de Valencia, la dirección de la revuelta se radicalizó. El jurista Joan Sala fue proclamado capitán de guerra y recibió poderes extraordinarios para organizar la defensa de la ciudad.

Pedro IV decidió entonces avanzar directamente hacia Valencia. El rey reunió sus tropas en Segorbe. Según su propia crónica, el ejército real estaba formado por unos 1.200 hombres de armas y hasta 15.000 combatientes de infantería. Como sucede con muchas cifras militares medievales, estos números deben tomarse con cautela, pues podían ser aproximados o responder al deseo de engrandecer la campaña.

En el ejército se encontraban contingentes aragoneses, valencianos, catalanes, navarros y castellanos, además de tropas aportadas por nobles y órdenes militares.

Pedro IV avanzó por Morvedre, Puçol, El Puig y Moncada. En Puçol encontró resistencia en una torre defendida por cuarenta hombres. Después de varios días de combate, los defensores se rindieron cuando los realistas prendieron fuego a la fortificación.

Desde Moncada, el ejército se dirigió hacia Paterna y el río Turia. El objetivo era cercar Valencia por su acceso occidental y obligar a los rebeldes a presentar batalla fuera de sus murallas.

Mislata en el siglo XIV:

La Mislata de 1348 era muy diferente de la ciudad actual. Estaba formada por pequeños núcleos de población rodeados por campos, huertos, caminos, acequias y casas de labranza.

Tampoco pertenecía íntegramente a una sola familia. Existía una parte cristiana vinculada a los Codinats y una Morería relacionada con los Boïl y sus sucesores. Ambos núcleos formaban parte de un paisaje agrícola situado entre Valencia, Quart, Paterna y el río Turia.

Su posición la convertía en un punto estratégico. Por Mislata pasaban los caminos occidentales que conducían hacia Valencia y desde sus campos podían controlarse los accesos a la capital. El terreno, sin embargo, era difícil para un ejército: las acequias, ramblas, desniveles, azudes y canales de riego dividían la huerta y limitaban el movimiento de la caballería.

La batalla no debe imaginarse necesariamente dentro del actual casco urbano. Las fuentes hablan del lugar y el llano de Mislata, una denominación que podía abarcar un espacio agrícola más extenso que el término municipal contemporáneo.

La documentación permite situar el combate en el entorno comprendido entre Mislata, Quart y el Turia, pero no proporciona datos suficientes para identificar con seguridad una parcela concreta. Su localización tradicional en los alrededores de la Partida del Quint resulta verosímil, aunque no se encuentra demostrada mediante restos arqueológicos.

Las defensas de la Unión:

Al conocer la proximidad del ejército real, las autoridades de Valencia enviaron buena parte de sus fuerzas hacia Mislata.

Los unionistas levantaron palizadas y barreras aprovechando los azudes, las acequias y los desniveles del terreno. La línea defensiva se extendía por el entorno del río en dirección a Mislata y Quart. También colocaron allí su bandera, utilizada como símbolo de la autoridad de la Unión frente al estandarte real.

Pedro IV afirma en su crónica que las posiciones estaban tan bien fortificadas que inicialmente resultaba imposible causar daño a sus defensores. Durante varios días se produjeron escaramuzas y contactos entre ambos ejércitos sin que ninguno consiguiera romper el frente.

La Crònica de Pedro IV habla de tres días de enfrentamientos. Jerónimo Zurita, que escribió sus Anales de la Corona de Aragón durante el siglo XVI, eleva la permanencia del ejército real en la zona a unos diez días. Al ser la crónica del rey una fuente más cercana a los acontecimientos, su secuencia temporal debe considerarse prioritaria, aunque también presenta el punto de vista interesado del vencedor.

El 7 de diciembre, Pedro IV ya fechaba una orden desde su campamento de Mislata. En ella mandaba al alcaide del castillo de Chiva cortar los caminos hacia Castilla y colocar espías en Requena, pues temía la llegada de refuerzos favorables al infante Fernando. Dos días después se produjo el enfrentamiento decisivo.

El desarrollo de la batalla:

La Batalla de Mislata no comenzó mediante una gran maniobra previamente organizada. El combate surgió a partir de una escaramuza que fue creciendo hasta implicar a ambos ejércitos.

El 9 de diciembre, el caballero aragonés Miquel Pérez Zapata se encontraba de guardia con una parte de las fuerzas reales. Según Jerónimo Zurita, lo acompañaban unos cincuenta jinetes pertenecientes a su casa y linaje.

Alrededor de doscientos hombres de Valencia habían salido fuera de la palizada. Miquel Pérez Zapata cargó contra ellos y los obligó a retroceder precipitadamente hacia sus defensas.

La infantería real, al contemplar la retirada, avanzó y comenzó a combatir junto a las barreras. El castellán de Amposta, Juan Fernández de Heredia, acudió con un reducido grupo para intentar ordenar la retirada de los atacantes, pues la acometida no había sido decidida por el mando general.

Cuando llegó, la lucha estaba ya tan mezclada que resultaba imposible separar a los combatientes sin provocar una derrota. Lo que había comenzado como una escaramuza se había convertido en una batalla abierta.

Miquel Pérez Zapata tuvo, por tanto, un papel decisivo al desencadenar el ataque, pero no era el comandante de todo el ejército. Pedro IV se encontraba presente y dirigía las fuerzas realistas junto a sus principales nobles y capitanes.

La lucha por la bandera de la Unión:

Jerónimo Zurita añade un episodio que no aparece con el mismo detalle en la crónica del rey.

Según el cronista aragonés, el caballero Berenguer Llançol, uno de los principales combatientes de la Unión, portaba el pendón de los rebeldes. Su primo hermano, Ramón de Riusec, que luchaba al servicio de Pedro IV, cargó contra él y lo mató en el campo de batalla.

El episodio muestra el carácter de guerra civil que tuvo el conflicto. Los vínculos familiares, sociales y nobiliarios quedaron divididos entre partidarios del rey y defensores de la Unión.

En algunas narraciones posteriores el nombre de este alférez aparece como Arnaldo Berenguer Llançol. Sin embargo, Zurita lo identifica únicamente como Berenguer Lanzol o Llançol. Al tratarse de una noticia transmitida por un historiador del siglo XVI, debe presentarse como el relato de una fuente posterior y no como un hecho comprobado por un testimonio directo.

La ruptura de las defensas y la carga de Pedro IV:

Mientras la lucha continuaba, los unionistas salieron de sus posiciones para contener a los atacantes. Durante un tiempo consiguieron resistir y mantuvieron una formación suficientemente sólida para poner en dificultades a la infantería real.

Tres caballeros del ejército de Pedro IV tuvieron entonces una intervención destacada: Joan Ramírez de Arellano, Ramón de Vilanova y Ferrán Ruiz de Caravantes.

Los tres desmontaron de sus cabalgaduras, tomaron grandes escudos o paveses y avanzaron a pie por un paso estrecho y peligroso. Desde la parte baja de una rambla consiguieron alcanzar el camino situado sobre el desnivel y reunirse con la infantería.

Su llegada dio ánimo a los combatientes realistas, que intensificaron el ataque y obligaron a los defensores a abandonar una de las barreras.

Algunas narraciones modernas afirman que los soldados reales penetraron por un acueducto abandonado. Las fuentes principales no hablan exactamente de un acueducto, sino de un portillo muy estrecho que permitía subir desde la rambla hasta el camino. Lo más prudente es mantener la descripción transmitida por la crónica.

Cuando los unionistas situados al otro lado del río o del sistema defensivo vieron perdida la primera barrera, abandonaron también su posición.

Pedro IV montó entonces a caballo y lanzó a su caballería por la rambla. El derrumbe de las defensas provocó una retirada general. Los hombres de la Unión huyeron hacia Valencia perseguidos por las tropas realistas.

La persecución se extendió por la huerta hasta las proximidades de las murallas. Pedro de Jérica avanzó hacia uno de los arrabales, mientras Lope de Luna se dirigía hacia el sector de la Xerea. El rey, temiendo que la entrada desordenada de sus tropas terminara en un saqueo, ordenó a ambos que desviaran sus contingentes hacia el Palacio del Real, situado fuera del recinto amurallado.

Las banderas de Pedro de Jérica, Lope de Luna, el castellán de Amposta y el maestre de Montesa fueron izadas en las torres del palacio. Finalmente se colocó el estandarte del propio monarca en la torre más alta.

La batalla había terminado y Valencia se encontraba militarmente derrotada.

La rendición de Valencia:

El 10 de diciembre, al día siguiente de la batalla, representantes de Valencia salieron de la ciudad para solicitar la gracia y el perdón del monarca.

Pedro IV envió al castellán de Amposta y a su tesorero, Bernat d'Olzinelles, para reconocer la situación interior. Después reunió a su Consejo y fijó las condiciones de la rendición.

El propio rey reconoció en su crónica que, llevado por la ira, llegó a considerar que Valencia fuera «cremada, destruida y arada con sal» para que nadie volviera a habitarla.

No llegó a ordenar la destrucción. Sus consejeros lo convencieron de que no era justo castigar a los vecinos que habían permanecido fieles; recordaron los servicios prestados por Valencia a la Corona y señalaron que destruir una ciudad tan importante empobrecería al propio reino.

No existe base suficiente para afirmar que el perdón se debiera exclusivamente al temor de una guerra inmediata con Castilla. La amenaza castellana y la posible intervención del infante Fernando formaban parte de las preocupaciones del rey, pero la crónica atribuye la decisión principalmente a los argumentos políticos y jurídicos de sus consejeros.

Pedro IV entró solemnemente en Valencia el 10 de diciembre de 1348, acompañado por su ejército. Se dirigió a la catedral, dio gracias por la victoria y pronunció un discurso ante la población.

Un perdón con numerosas excepciones:

La rendición no supuso un perdón completo. Pedro IV estableció varias excepciones.

Podían confiscarse los bienes de quienes hubieran muerto participando en la rebelión. Quedaban fuera de la gracia determinados nobles, miembros de la Casa Real comprometidos con la Unión y una relación concreta de dirigentes y responsables.

La ciudad también tuvo que entregar al monarca todos sus privilegios para que pudiera decidir cuáles confirmaba, cuáles modificaba y cuáles revocaba.

Esto no significó la desaparición total de los Fueros de Valencia. El rey anuló la estructura política y los acuerdos propios de la Unión y recortó determinados privilegios, pero el régimen foral valenciano y buena parte de la autonomía municipal sobrevivieron a la derrota.

La represión posterior fue especialmente severa. El rey ordenó la detención, juicio y ejecución de numerosos dirigentes.

Cinco días antes de Navidad fueron sentenciadas veinte personas. Cuatro caballeros —Joan Roís de Corella, Ponç de Soler, Ramón Escorna y Jaume de Romaní— fueron decapitados. Otros condenados fueron arrastrados, ahorcados o sometidos a diferentes formas de ejecución pública.

Entre ellos se encontraba el barbero Gonçalvo, uno de los participantes en el tumulto que había obligado a Pedro IV y a la reina a bailar meses antes. La crónica reproduce incluso las palabras con las que el monarca le recordó aquella humillación antes de dictar sentencia.

La represión no se limitó a las ejecuciones. Hubo confiscaciones de bienes, multas, composiciones económicas, encarcelamientos y exclusiones del perdón. La documentación reunida en el Diplomatari de la Unió del Regne de València permite seguir los procesos judiciales y las condenas impuestas después de la batalla.

La campana de la Unión:

Uno de los episodios más conocidos de la represión fue la destrucción de la campana con la que se convocaban las reuniones de la Unión.

La campana se encontraba en la sala del Consell de Valencia. Pedro IV ordenó fundirla y afirma en su crónica que algunos condenados fueron obligados a beber su metal líquido, como castigo simbólico por haber acudido a sus convocatorias.

La naturaleza extrema del episodio ha provocado dudas y reinterpretaciones posteriores. No obstante, aparece expresamente relatado en la crónica del propio monarca. Debe recordarse, sin embargo, que esta obra fue construida para justificar su reinado y presentar sus decisiones como actos de justicia.

Los condenados sometidos a este tormento no son identificados claramente en ese pasaje.

El final político de la Unión:

La Batalla de Mislata terminó con la resistencia militar de la Unión valenciana. Después de la entrada del rey, sus juramentos y acuerdos fueron invalidados y sus instituciones quedaron disueltas.

El 30 de diciembre de 1348 se concedió un perdón general con numerosas excepciones. El 6 de enero de 1349, un legado pontificio declaró disueltos los juramentos prestados a la Unión.

Las Cortes convocadas por Pedro IV completaron jurídicamente la derrota del movimiento. El proceso de aquellas reuniones constituye el diario de Cortes más antiguo conservado de los reinos de la Corona de Aragón.

La victoria fortaleció temporalmente la autoridad del Ceremonioso, pero no eliminó para siempre el pactismo valenciano. En décadas posteriores, la necesidad del rey de obtener subsidios para sus guerras volvió a reforzar la capacidad de negociación de las Cortes y de los estamentos del reino.

Mislata, escenario de una batalla decisiva:

La Batalla de Mislata fue mucho más que un episodio local. Decidió el resultado de una guerra civil que había afectado a Aragón y Valencia, permitió a Pedro IV recuperar el control de uno de sus principales reinos y transformó durante años la vida política valenciana.

Para Mislata, el combate demuestra la importancia estratégica que tuvo su territorio. Su proximidad a Valencia, la presencia del Turia y la compleja red de caminos y acequias la convirtieron en el lugar donde los unionistas intentaron establecer su última gran línea defensiva.

El crecimiento urbano ha borrado casi por completo el paisaje donde se desarrolló la batalla. Las antiguas ramblas, barreras, campos y caminos quedaron modificados por carreteras, viviendas y nuevas infraestructuras. No se conserva ningún elemento medieval que permita reconocer el campo de batalla ni se ha identificado arqueológicamente su emplazamiento exacto.

Sin embargo, las fuentes escritas mantienen viva su memoria. La crónica de Pedro IV, los Anales de Jerónimo Zurita y la documentación judicial y administrativa de la Unión permiten reconstruir cómo, aquel 9 de diciembre de 1348, las huertas de Mislata se convirtieron en el escenario de uno de los acontecimientos más dramáticos de la historia medieval valenciana.

Fuentes:

-Pedro IV de Aragón. Crònica del rei Pere el Cerimoniós, libro IV, capítulos 8 y 9. Fuente narrativa principal para el avance del ejército, las defensas de Mislata, el desarrollo del combate, la rendición y la represión.

-Rodrigo Lizondo, Mateu, ed. Diplomatari de la Unió del Regne de València (1347-1349). Valencia: Publicacions de la Universitat de València y Acadèmia Valenciana de la Llengua, 2013.

-Rodrigo Lizondo, Mateu. La Unión de Valencia (1347-1348). Una revuelta ciudadana contra el autoritarismo real. Tesis doctoral, Universitat de València, 1987.

-Baydal Sala, Vicent. Els orígens de la revolta de la Unió al regne de València (1330-1348). Valencia: Publicacions de la Universitat de València, 2013.

-Zurita, Jerónimo. Anales de la Corona de Aragón, libro VIII. Relato posterior de la batalla, utilizado especialmente para la intervención de Miquel Pérez Zapata, Ramón de Riusec y Berenguer Llançol.

-Gran Enciclopèdia Catalana. «Unió de València». Síntesis sobre la derrota de la Unión y la represión posterior.