
Nuestra Señora de los Ángeles
Algunas imágenes religiosas representan una devoción y otras llegan a representar a un pueblo. Nuestra Señora de los Ángeles pertenece a estas últimas: su presencia en Mislata trasciende el altar y las fiestas, y permanece en la memoria, la música, las flores y el recuerdo de quienes hallaron consuelo ante ella.
La historia no nos permite saber con certeza cuándo comenzó esta devoción. La destrucción del archivo parroquial en 1936 borró buena parte de su pasado documental. Sin embargo, las noticias conservadas, las imágenes antiguas, los programas de fiestas y la memoria de los vecinos permiten seguir el rastro de una advocación profundamente arraigada en la cultura local. La Virgen de los Ángeles es, junto al Santísimo Cristo de la Fe, una de las grandes referencias espirituales de Mislata y uno de los símbolos que mejor expresan la unión entre su historia religiosa, su antigua vida agrícola y su identidad festiva.
Una devoción de origen incierto:
La primitiva comunidad cristiana de Mislata dependió durante siglos de la parroquia de San Nicolás de Valencia. En 1535 consiguió separarse de ella y quedó constituida como rectoría independiente. El templo actual comenzó a levantarse en 1704 sobre el solar de una iglesia anterior y fue concluido en 1755, bajo la advocación de Nuestra Señora de los Ángeles.
Estos datos confirman que su culto estaba plenamente establecido en el siglo XVIII, pero dejan abierta una cuestión esencial: ¿desde cuándo era venerada en Mislata?
Es posible que la advocación perteneciera ya a la primera iglesia, que adquiriera mayor importancia con la independencia parroquial de 1535 o que se consolidara definitivamente durante la construcción del nuevo templo barroco. Ninguna de estas posibilidades puede demostrarse por ahora. La desaparición de los libros parroquiales, inventarios, visitas pastorales y documentos de las antiguas clavarías dejó sin respuesta muchos interrogantes sobre la historia religiosa del municipio.
Entre las noticias conservadas destaca una tradición que sitúa la proclamación de Nuestra Señora de los Ángeles como patrona en 1483. En agosto de 1983, la Clavaría celebró solemnemente el que consideraba quinto centenario del patronazgo. En el programa de fiestas quedó escrito:
«Según el historiador Roque Chabás fue en el año 1483 cuando fue proclamada».
La noticia tiene cierto interés para la historia local, aunque conviene no darle mayor relevancia de la necesaria. El programa no identificaba la obra ni el documento de Roque Chabás en el que se apoyaba y, hasta el momento, no se ha localizado el testimonio original. Por ello, 1483 no puede considerarse todavía una fecha plenamente documentada, sino más bien una referencia tradicional que puede seguir investigándose.
Esta cautela no disminuye la antigüedad ni la importancia de la devoción. Al contrario, nos recuerda cuánto queda por descubrir y cuánto patrimonio documental se perdió.
La Virgen de los Ángeles y la Porciúncula:
Para comprender la imagen venerada en Mislata hay que viajar hasta Asís, en la región italiana de Umbría. Allí se encuentra la Porciúncula, una pequeña capilla custodiada actualmente en el interior de la basílica de Santa María de los Ángeles.
La palabra Portiuncula significa «pequeña porción». La capilla había pertenecido a los monjes benedictinos y, según la tradición, se encontraba abandonada cuando Francisco de Asís comenzó a restaurarla. Aquel lugar humilde se convirtió en uno de los espacios fundamentales de su vida espiritual. Allí estableció una de las primeras comunidades de frailes menores y allí comprendió la misión a la que se sentía llamado.
La tradición franciscana sitúa en la Porciúncula, durante una noche de 1216, una visión de Cristo y de la Virgen rodeados por una multitud de ángeles. Francisco pidió entonces que cuantos visitaran aquella iglesia con sincero arrepentimiento pudieran recibir el perdón de sus pecados. El papa Honorio III habría aprobado esta indulgencia, conocida como el Perdón de Asís o Indulgencia de la Porciúncula.
Desde entonces, la pequeña capilla quedó estrechamente unida a la advocación de Santa María de los Ángeles y a un mensaje de misericordia, reconciliación y paz. La familia franciscana continúa conmemorando esta tradición cada 2 de agosto.
La advocación no presenta únicamente a María rodeada por la gloria celestial. La proclama también Reina de los Ángeles y mediadora maternal, cercana a quienes acuden a ella buscando amparo. En la espiritualidad franciscana, su grandeza no procede del poder, sino de la humildad: la misma humildad de aquella pequeña capilla reparada por Francisco.
San Francisco a los pies de la patrona:
La relación con la Porciúncula explica uno de los elementos más singulares de la patrona de Mislata: la presencia de San Francisco de Asís arrodillado a sus pies.
La Virgen aparece sentada sobre una gloria de nubes y ángeles. Bajo ella, el santo contempla la aparición en actitud orante. La ausencia del Niño Jesús y la incorporación de San Francisco diferencian esta composición de muchas otras imágenes valencianas dedicadas a la misma advocación.
La escena no reproduce literalmente todos los elementos del relato tradicional de la Porciúncula, donde también aparece Cristo, pero concentra su significado espiritual. María se manifiesta como Reina de los Ángeles, mientras Francisco representa al creyente que contempla, ruega y recibe el mensaje del perdón.
La presencia del santo ya formaba parte de la antigua imagen destruida durante la II República. Por tanto, aunque las esculturas actuales pertenezcan a la posguerra, la concepción iconográfica es anterior. Este detalle revela que la devoción mislatera no se limitó a adoptar el nombre de Nuestra Señora de los Ángeles, sino que conservó una representación estrechamente vinculada a la tradición franciscana.
La antigua imagen barroca:
Poco se sabe sobre la imagen que presidió la parroquia hasta 1936. Las escasas fotografías conservadas muestran un conjunto formado por la Virgen, los ángeles y San Francisco, pero desconocemos su autor, su fecha exacta y las circunstancias en las que llegó al templo.
Debió de ser una imagen familiar para numerosas generaciones. Ante ella se celebraron bautizos, bodas, funerales y fiestas. En una población esencialmente agrícola, la protección de la Virgen se relacionaba con las necesidades más cercanas: la salud, la familia, el trabajo y la incertidumbre de unas cosechas de las que dependía la vida de buena parte del pueblo.
A comienzos del siglo XX, la imagen estaba plenamente reconocida como patrona de Mislata. Su importancia se hizo visible también fuera del municipio.
En 1919, con motivo de las grandes celebraciones dedicadas a San Vicente Ferrer, Mislata participó en la procesión organizada en Valéncia llevando su bandera y la imagen de Nuestra Señora de los Ángeles. La acompañaron la banda de música y el Ayuntamiento en corporación, según dejó escrito el Boletín Oficial del Arzobispado de Valencia.
Cuatro años después, en mayo de 1923, la patrona volvió a recorrer las calles de la capital durante los actos de la coronación canónica de la Virgen de los Desamparados. La imagen fue acompañada nuevamente por el Ayuntamiento de Mislata y por la banda de música denominada «La Vella» de Mislata.
Aquellas participaciones no fueron simples desplazamientos ceremoniales. Mislata acudía representada por su patrona, su corporación municipal y su música. La imagen se convertía así en la expresión visible de toda la comunidad.
Las antiguas procesiones:
Las procesiones patronales del siglo XIX y de las primeras décadas del XX poseían un carácter especialmente solemne. La imagen iba acompañada por los angelets, niños vestidos de ángeles que habitualmente pertenecían a la catequesis parroquial. Junto a ellos desfilaban personajes bíblicos y alegóricos propios de las grandes procesiones valencianas: santos, santas, patriarcas, matronas y escenas como la Huida a Egipto o el misterio de Santa Bárbara.
En ocasiones señaladas se incorporaban carros triunfales que abrían el cortejo. Las bandas de música, los clavarios, las autoridades y las representaciones religiosas convertían la procesión en una manifestación colectiva en la que participaba todo el pueblo.
La salida de la patrona suponía la transformación del espacio cotidiano. Las calles por las que durante el resto del año transitaban carros, labradores y comerciantes se engalanaban para recibir la imagen.
Las tensiones políticas y las restricciones que afectaron a las manifestaciones religiosas durante la Segunda República alteraron progresivamente aquel modelo procesional. La Guerra Civil provocó finalmente la interrupción de las celebraciones y la pérdida de buena parte de su patrimonio.
La destrucción de 1936:
En julio de 1936, la iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles fue asaltada y saqueada. Altares, retablos, objetos litúrgicos e imágenes fueron arrancados de su lugar y destruidos. Entre ellos se encontraba la antigua imagen de la patrona.
Francisco López Porcal conservó el recuerdo que le transmitió su madre, entonces una niña de diez años. Al caer la tarde contempló desde la plaza una pira todavía humeante en la que apenas podían distinguirse los restos de las imágenes que habían salido del templo por última vez. Alertada por su madre, abandonó el lugar y se refugió en casa.
Se trata de una memoria personal que permite acercarse a la dimensión humana de aquella pérdida. No desaparecieron solamente unas esculturas. Con ellas ardieron objetos ante los que generaciones enteras habían rezado y celebrado los momentos decisivos de sus vidas.
La antigua patrona quedó reducida a fotografías, recuerdos y cenizas. Sin embargo, la devoción que representaba no podía destruirse del mismo modo. Permaneció en quienes habían crecido ante su imagen y en la voluntad de recuperar, cuando las circunstancias lo permitieran, aquello que formaba parte de la identidad espiritual del pueblo.
El resurgir de nuestra patrona:
Terminada la guerra, Mislata comenzó una difícil reconstrucción. La iglesia estaba gravemente dañada y el país atravesaba una posguerra marcada por el hambre, las cartillas de racionamiento y la escasez. A pesar de ello, la recuperación del patrimonio parroquial comenzó prácticamente de inmediato.
Los vecinos limpiaron el templo y levantaron un altar provisional con telas, velas y cuantos objetos pudieron aportar. Clavarías, familias y devotos entregaron dinero, alhajas y bienes para sufragar las nuevas imágenes. En una época de profundas carencias, aquellas aportaciones adquirieron un valor que no puede medirse únicamente en pesetas.
Recuperar la imagen de la Virgen significaba devolver al templo su titular y al pueblo uno de sus principales referentes: su patrona, su madre. Era también una forma de enlazar nuevamente con la vida anterior a la guerra y de reconstruir una continuidad que la violencia, la incultura y el odio habían intentado quebrar.
La imagen titular de Enrique Casterá:
En 1940, el párroco José Santarrufina encargó la nueva imagen titular de Nuestra Señora de los Ángeles. La petición fue formalizada el 2 de julio de 1940 y aprobada por la Junta Diocesana de Arte Sacro el 24 de agosto.
La obra fue confiada al escultor alcireño Enrique Casterá Masiá, discípulo de Carmelo Vicent y uno de los imagineros valencianos más activos de la posguerra. La documentación estudiada por Juan Bautista Tormos Capilla relaciona los trabajos realizados para Mislata con la asociación profesional formada por Casterá y José Muñoz Aleixandre.
Casterá habría asumido las labores de mayor responsabilidad artística —el diseño, la composición, el modelado y la talla—, mientras que Muñoz, relacionado con la ebanistería y la carpintería, habría colaborado en la ejecución material. La policromía de las obras procedentes de aquel taller se ha atribuido al artesano Francisco López Pardo.
La imagen fue tallada en pino de Suecia, madera apreciada por los escultores debido a su poro fino y su escasa presencia de nudos. El conjunto alcanza aproximadamente dos metros de altura. La túnica y el manto están decorados con orlas doradas, mientras que la gloria aparece cubierta de oro y poblada por ángeles policromados. A los pies de María permanece San Francisco, arrodillado en actitud de oración.
La obra costó 8.000 pesetas, una cantidad muy elevada para la época. Como referencia, la imagen del Cristo de la Fe realizada durante el mismo periodo costó 4.000 pesetas y la de San Vicente Ferrer, 1.500.
Casterá no realizó una copia exacta de la escultura desaparecida. Mantuvo la composición tradicional, pero creó una obra con personalidad propia. La nueva imagen no pretendía sustituir los recuerdos asociados a la antigua, algo imposible, sino ofrecerles una forma visible alrededor de la cual pudiera renacer el culto.
Durante décadas permaneció en el presbiterio, parcialmente oculta tras un cristal y por el antiguo baldaquino. La construcción del nuevo retablo a finales del siglo XX permitió situarla en un emplazamiento más abierto. Desde entonces preside el altar mayor con una presencia mucho más cercana y permite contemplar mejor la riqueza de su talla y policromía.
La imagen procesional de 1946:
La imagen titular resultaba demasiado grande y pesada para ser trasladada con frecuencia. Durante los primeros años fue sacada en procesión a hombros, pero levantarla y colocarla sobre las andas exigía un gran esfuerzo y suponía un riesgo para la propia escultura.
En 1945, la Clavaría decidió encargar una segunda imagen, de dimensiones más reducidas y destinada a las celebraciones exteriores. La obra fue concluida en 1946 por el escultor valenciano Fernando Llopis Cloquell, autor también de la Virgen del Rosario realizada para la parroquia el año anterior.
Una crónica posterior de la Clavaría identificó al escultor como «Francisco Llopis», probablemente por un error de memoria o transcripción. Las fichas artísticas estudiadas posteriormente atribuyen la obra a Fernando Llopis Cloquell.
La nueva imagen costó 8.500 pesetas y fue sufragada mediante aportaciones vecinales. Luis Latorre dejó escrito que la mayor de aquellas donaciones fue de 25 pesetas. El dato resulta revelador: la imagen no nació de una única gran aportación, sino de la suma de muchos pequeños sacrificios.
La talla procesional se aproxima más que la imagen titular al aspecto de la antigua imagen de la patrona. Conserva la Virgen rodeada de ángeles y la figura de San Francisco a sus pies, pero su menor tamaño facilita el traslado. Desde finales de la década de 1940 se convirtió en la imagen que acompaña al pueblo en procesiones, passejaes y ofrendas.
Las andas: trabajo y cuidado de los clavarios
La conservación de la imagen procesional ha dependido en buena medida del esfuerzo de la Clavaría. Con el paso de los años se construyó un carro para facilitar su desplazamiento, aunque el primer sistema de conducción, manejado mediante una pértiga, era tan difícil de controlar que entre los clavarios se hizo popular la expresión: «Señor, ¿pero quién conduce?».
En 1983 se modificaron los brazos de dirección y se amplió el arco que limitaba el giro de las ruedas. La intervención facilitó su manejo, pero no resolvió completamente el problema. En 1997 se instaló finalmente una dirección con volante, construida gracias al trabajo desinteresado de varios miembros de la Clavaría.
A finales de 2002 comenzó una restauración integral de la imagen y de sus andas. La Clavaría estaba presidida por Salvador Quiles Mir y la intervención fue encomendada al restaurador mislatero Raimundo Predret, según la crónica de Luis Latorre.
El peso, el uso continuado y las numerosas manipulaciones habían causado roturas en las alas, los dedos, los pies y los brazos de algunos ángeles. También fue necesario aligerar el sistema eléctrico de las cuatro farolas. Para ello se redujo el número de lámparas y se eliminó una de las dos pesadas baterías que debía transportar el carro.
La imagen restaurada reapareció públicamente el 19 de marzo de 2003 durante el homenaje floral de las Fallas de Mislata. Meses después volvió a recorrer las calles en la Passejà de las fiestas patronales.
La Passejà, la memoria de la huerta:
Uno de los actos más queridos y singulares de la devoción mislatera es la Passejà de Nuestra Señora de los Ángeles. Antiguamente, la imagen recorría el pueblo y su huerta sobre un carro tirado por caballos y adornado con productos de la huerta: tomates, cebollas, lechugas y otros frutos cultivados en los campos de Mislata.
No era un adorno casual. Aquellos productos representaban el trabajo de los labradores, el sustento de las familias y la esperanza depositada en cada cosecha. Al colocarlos junto a la patrona, el pueblo ofrecía simbólicamente el fruto de su esfuerzo y pedía protección sobre una tierra sometida siempre a la incertidumbre del clima, las riadas y las enfermedades de los cultivos.
La Passejà reunía de este modo devoción y vida cotidiana. La Virgen no era contemplada como una figura alejada de las preocupaciones del pueblo, sino como una presencia cercana a sus trabajos, sufrimientos y esperanzas.
La antigua huerta ha desaparecido casi por completo bajo el crecimiento urbano, pero la Passejà continúa celebrándose. Su recorrido conserva la memoria de aquella Mislata agrícola y recuerda que buena parte de las tradiciones actuales nació entre ceberas y campos de cultivo. La programación municipal mantiene este acto como uno de los principales encuentros organizados por la Clavaría de Nuestra Señora de los Ángeles.
Los gozos de la patrona:
Los gozos dedicados a Nuestra Señora de los Ángeles constituyen otra parte esencial de su patrimonio. Conservados en el archivo parroquial y difundidos en castellano y valenciano, presentan a María como Reina de los Ángeles, protectora de sus devotos y amparo de los mislateros.
Los gozos no son solamente composiciones religiosas. En sus versos se conserva una forma de rezar y de comprender el mundo propia de las generaciones que nos precedieron. Fueron cantados en momentos de alegría y también en épocas de dificultad, cuando la enfermedad, la pérdida de una cosecha o una desgracia familiar podían poner en peligro el equilibrio de toda una casa.
Su valor reside precisamente en esa unión entre palabra, música y memoria. Al volver a cantarlos, no se recupera únicamente una melodía antigua: se devuelve la voz a quienes expresaron mediante ellos su confianza en la patrona.
Las fiestas de Nuestra Señora de los Ángeles:
La tradición franciscana celebra Santa María de los Ángeles el 2 de agosto. En Mislata, sin embargo, la festividad patronal quedó integrada, desde la década de 1860, en las celebraciones de finales de ese mes, junto a las dedicadas al Santísimo Cristo de la Fe.
La Clavaría de Nuestra Señora de los Ángeles es la encargada de preparar los actos religiosos y festivos. La Nit d'Albaes, la despertà, la mascletà, l'Entrà de la Murta y la procesión forman un conjunto en el que conviven la religiosidad popular y las expresiones tradicionales de la fiesta valenciana.
L'Entrà de la Murta anuncia el paso de la patrona esparciendo plantas aromáticas por su recorrido. Las albaes le ofrecen palabras y música; las campanas y la pólvora proclaman públicamente la fiesta; y la procesión reúne nuevamente a la imagen con las calles y los vecinos.
Durante unas horas, la patrona atraviesa la Mislata antigua y la moderna. Pasa por espacios que conocieron la huerta y por barrios nacidos con el crecimiento urbano.
La ofrenda fallera:
La devoción a la Virgen de los Ángeles también se integró en la celebración de las Fallas. Cada 19 de marzo, las comisiones falleras de Mislata participan en un homenaje floral dedicado a la patrona y a San José.
La imagen procesional recibe flores de las representantes de las once comisiones y vuelve a convertirse en punto de encuentro para vecinos de distintas parroquias, barrios y asociaciones mislateras. La continuidad de este homenaje demuestra que el patronazgo ha sobrepasado el ámbito estrictamente parroquial para formar parte del conjunto de la cultura festiva local.
Una devoción centenaria:
La historia de Nuestra Señora de los Ángeles está marcada por grandes vacíos documentales y por una pérdida irreparable. Desconocemos cuándo comenzó exactamente su culto, quién talló la antigua imagen o en qué documento se fundamentaba la fecha de 1483. Tampoco podremos recuperar el archivo que explicaba la evolución de su patronazgo.
Pero existen otras formas de continuidad histórica. La devoción sobrevivió en los recuerdos de quienes contemplaron la imagen antigua, en el esfuerzo de quienes reunieron dinero para tallar una nueva, en los clavarios y en las familias que continuaron acompañándola por las calles.
La imagen destruida en 1936 no pudo regresar. En su lugar surgieron dos nuevas esculturas: una destinada a presidir el templo y otra concebida para encontrarse con el pueblo. Ambas son fruto de una misma voluntad de permanencia. No sustituyeron el pasado; permitieron que la devoción continuara después de él.
Nuestra Señora de los Ángeles representa la dimensión más íntima de la historia de Mislata: la que no siempre queda escrita en documentos oficiales, pero se conserva en las oraciones, en los gestos familiares y en las tradiciones locales. Ante ella han pasado distintas generaciones con formas diferentes de comprender la fe, pero unidas por el reconocimiento de una misma patrona.
Cada vez que la imagen atraviesa la puerta de la iglesia o que una flor es depositada a sus pies, no se repite simplemente una costumbre. Se renueva un vínculo antiguo entre la Virgen y Mislata. Un vínculo nacido en una fecha que quizá nunca lleguemos a conocer con absoluta certeza, pero cuya profundidad puede leerse en la historia, en el arte y, sobre todo, en la memoria viva del pueblo.
