
El Portazgo de Mislata
Del peaje del Camino Real al Fielato
Durante más de un siglo, el acceso occidental de Mislata fue un lugar de paso obligado, vigilancia y recaudación. Junto al antiguo Camino Real, en las inmediaciones de la Cruz Cubierta, se situó el llamado Portazgo de Mislata: un punto de control que condicionó la circulación de viajeros, carros y mercancías entre la huerta y Valencia.
Su recuerdo perduró después en el fielato o estación de consumos. Aunque ambos conceptos suelen aparecer unidos en la memoria popular, no eran exactamente lo mismo. Entender esta diferencia permite reconstruir mejor la historia de un enclave que convirtió a Mislata en una auténtica frontera fiscal a las puertas de la ciudad.
Portazgo, pontazgo y fielato: una aclaración necesaria:
El portazgo era, en sentido histórico, un derecho de paso por una carretera o camino. Quien transitaba con personas, animales o mercancías podía estar obligado a abonar una cantidad fijada por arancel. El pontazgo se aplicaba al cruce de determinados puentes y el barcaje al transporte o paso por vía marítima o fluvial.
El fielato, en cambio, respondía a otra lógica. Era una caseta de control municipal situada a la entrada de las poblaciones, donde se comprobaban las mercancías destinadas al consumo y se cobraban los arbitrios correspondientes. Por ello, los empleados encargados recibían popularmente el nombre de consumeros.
En Mislata, el antiguo portazgo y el posterior fielato quedaron vinculados al mismo entorno y a una misma función de control sobre los accesos a Valencia. De ahí que, con el tiempo, ambos términos acabaran mezclándose en el lenguaje cotidiano. Sin embargo, conviene distinguir el peaje de carretera del impuesto municipal sobre los productos que entraban para su consumo.
El Portazgo de Mislata:
La existencia del Portazgo de Mislata está documentada, al menos, desde la década de 1840. Una noticia publicada en 1841 anunciaba el arrendamiento por dos años del llamado Portazgo del Escudo de Mislata. Años después, una resolución recogida en la Gaceta de Madrid hacía referencia al arancel y a las condiciones de ese portazgo, vinculado a un contrato iniciado el 1 de octubre de 1841. (Gaceta de Madrid, 29 de julio de 1841 y Gaceta de Madrid, 23 de junio de 1850.)
También aparece citado expresamente como «portazgo de Mislata» en una crónica de 1846. (Gaceta de Madrid, 10 de marzo de 1846.)
Estas referencias obligan a adelantar la cronología habitual: no se conoce solo desde 1848, cuando los documentos relacionados con la construcción del Depósito de Aguas de Valencia mencionan las dificultades de los carros de obra al atravesar la barrera, sino que ya funcionaba algunos años antes.
Su ubicación no era casual. El Camino Real de Quart —después carretera de Valencia a Madrid— concentraba un tránsito constante de diligencias, caballerías, carros de labradores, comerciantes y viajeros. Antes de entrar en Valencia, aquel corredor atravesaba Mislata y pasaba junto a la Cruz Cubierta, uno de los puntos más reconocibles del término municipal.
La cartografía y la memoria local sitúan el control en la actual calle Valencia, aproximadamente frente al número 73. Allí se encontraba una placa con la inscripción «Pueblo de Mislata. Partido y Provincia de Valéncia» y un pilón que señalaba el «Término de Mislata». Durante la noche, una cadena cerraba el paso de un lado a otro de la calle, obligando a detenerse a los carruajes.
Ese pilón, trasladado a un pequeño jardín cercano, es el principal vestigio material de aquella frontera administrativa. No era solo una señal geográfica: indicaba el lugar donde terminaba un término municipal y comenzaba otro espacio sujeto a diferentes normas, controles y tributos.
Del peaje al fielato de consumos:
A finales del siglo XIX, el edificio del antiguo portazgo se encontraba deteriorado. El Ayuntamiento de Mislata fue requerido para proceder a su incautación, tasación y subasta pública, señal de que el sistema original de peaje había perdido relevancia o necesitaba una reorganización.
Con el paso de las décadas, el entorno mantuvo su condición de acceso vigilado mediante el fielato o estación de consumos. Allí se inspeccionaban los productos que llegaban a la ciudad y se cobraban los arbitrios municipales. Estas exacciones afectaban especialmente a alimentos y mercancías de uso cotidiano, por lo que los fielatos eran percibidos por buena parte de la población como pequeñas aduanas interiores.
El nombre de calle Fielato, que todavía conserva Mislata, mantiene viva la memoria de aquel edificio y de su función histórica.
La desaparición de los arbitrios sobre el uso y el consumo se produjo con la reforma de las haciendas municipales aprobada en diciembre de 1962. La ley suprimió este modelo tributario, que había gravado durante décadas la entrada de numerosos productos en las poblaciones. Ley 85/1962, de 24 de diciembre.
El mercado de la Cruz:
Durante el siglo XX, especialmente desde la década de 1930, el entorno de la Cruz de Mislata se transformó en una animada zona comercial. En la calle Valencia, el Camino Viejo de Xirivella y plaza de la Cruz se establecieron carnicerías, carpinterías, almacenes, ultramarinos y pequeños negocios que atendían tanto a los vecinos como a quienes llegaban desde Valencia y los pueblos de alrededor.
A los pies de la Cruz comenzó a instalarse un mercado de productos agrícolas, entonces uno de los pocos espacios de venta colectiva del municipio. Según los recuerdos locales, numerosos vendedores procedían de Campanar, mientras que muchos labradores de Mislata comercializaban directamente sus productos desde sus propias casas.
La proximidad con Valencia y la posibilidad de adquirir frutas, verduras y hortalizas fuera de los controles fiscales de entrada a la capital convirtieron aquel mercado en un punto atractivo para compradores de distintos lugares. Mislata no era únicamente un pueblo de paso: era también un lugar de intercambio, abastecimiento y encuentro.
La picaresca valenciana al salir del mercado:
La vigilancia del fielato generó una pequeña cultura popular de trucos, sospechas y recorridos alternativos para salir de Mislata. Los vecinos recordaban cómo algunos compradores de Valencia dejaban bicicletas preparadas para regresar por sendas secundarias situadas tras el Depósito de Aguas, con la intención de evitar el control de mercancías.
Los consumeros conocían bien estas maniobras y, según la tradición oral, llegaron a recorrer también la zona en bicicleta para vigilar los caminos menos transitados. Los habitantes de la cercana Alquería Alta podían verse envueltos en inspecciones simplemente por encontrarse en una zona sospechosa para los vigilantes.
El tranvía ofrecía otras posibilidades. Algunos pasajeros ocultaban productos bajo los asientos abatibles de los vagones, aunque los inspectores sabían que aquellos compartimentos eran un escondite habitual. Estos relatos no hablan solo de fraude o vigilancia: reflejan las dificultades económicas de una época en la que gravar alimentos y productos básicos afectaba directamente a la vida diaria de muchas familias.
El final de una frontera fiscal:
La supresión de los consumos, el crecimiento urbano y el final de las líneas de tranvía durante la década de 1960 hicieron desaparecer definitivamente el mundo al que pertenecían el fielato y el antiguo portazgo. El edificio fue derribado y el tráfico dejó de detenerse ante cadenas, inspectores y casetas de recaudación.
Sin embargo, su huella no desapareció por completo. El pilón del término, el nombre de la calle Fielato y los recuerdos asociados a la Cruz Cubierta conservan la memoria de un tiempo en el que Mislata era una puerta de acceso a Valencia.
El Portazgo de Mislata fue mucho más que un punto de cobro. Fue un lugar de frontera, paso y encuentro; un escenario cotidiano para viajeros, labradores, comerciantes y vecinos. Durante generaciones, representó la compleja relación entre la ciudad y su huerta, entre la circulación de mercancías y el control fiscal, entre la necesidad de comerciar y el deseo de esquivar una tasa más.
