Posguerra y dictadura

El final de la Guerra Civil no significó para Mislata una vuelta inmediata a la normalidad. La entrada de las tropas franquistas en Valencia, a finales de marzo de 1939, dio paso a una dictadura que sustituyó las instituciones republicanas y sometió la vida política del municipio a un rígido control.

Durante las décadas siguientes, Mislata experimentó una transformación radical. El pequeño pueblo agrícola de la posguerra se convirtió progresivamente en una localidad industrial y urbana, receptora de miles de familias procedentes de otros territorios.

La llegada del nuevo régimen:

Con el derrumbe de la República desaparecieron el Comité Popular y las autoridades que habían gobernado Mislata durante la guerra. El poder municipal pasó a una corporación designada por el nuevo régimen.

Los ayuntamientos dejaron de ser instituciones elegidas libremente por los vecinos. El gobernador civil intervenía en el nombramiento de alcaldes y concejales, mientras que Falange Española Tradicionalista y de las JONS se convirtió en el único partido legal. La Guardia Civil, la jefatura local de Falange, la parroquia y las nuevas autoridades municipales formaron parte del entramado encargado de controlar la población.

La colaboración o militancia en organizaciones republicanas, socialistas, comunistas o anarquistas podía motivar la apertura de expedientes, detenciones y procesos militares. También se investigó a quienes habían ocupado cargos durante la República, formado parte de sindicatos o participado en las colectivizaciones y comités creados durante la guerra.

La represión franquista:

La represión de posguerra se manifestó mediante consejos de guerra sumarísimos, encarcelamientos, fusilamientos, depuraciones profesionales, incautaciones de bienes, sanciones económicas y distintas formas de exclusión social.

Mislata quedó estrechamente vinculada a uno de los principales lugares de la represión franquista: el cementerio de Paterna. El lugar, conocido como el Terrer o Paredón de España, se convirtió en el principal escenario de los fusilamientos de la posguerra valenciana. Entre las primeras ejecuciones aparecen tres vecinos de Mislata fusilados el 4 de noviembre de 1939.

En febrero de 2013, el Ayuntamiento de Mislata aprobó por unanimidad una moción de homenaje a los vecinos fusilados durante la represión franquista. La relación municipal reconocía a 29 personas.

Las consecuencias de la represión se extendieron mucho más allá de las personas fusiladas o encarceladas. Sus esposas, hijos, hermanos y padres quedaron marcados por la consideración de familiares de «rojos».

Los hijos de los condenados crecieron frecuentemente sin conocer todos los detalles de lo ocurrido. En muchas casas se evitaba hablar de política y se ocultaban carnés, fotografías, cartas o documentos relacionados con la República. Este silencio no significaba olvido: dentro de las familias continuaron transmitiéndose nombres, recuerdos y relatos que no podían expresarse públicamente.

Las familias tampoco pudieron realizar durante muchos años homenajes abiertos a los fusilados. La memoria republicana quedó relegada al ámbito privado, mientras las instituciones del régimen celebraban funerales, aniversarios y ceremonias dedicadas exclusivamente a los denominados «Caídos por Dios y por España».

Reconocer esta represión no supone ignorar los asesinatos, incendios y persecuciones religiosas sufridos en Mislata durante 1936. Ambos procesos forman parte de la historia del municipio, pero ninguno puede ser utilizado para justificar el otro. 

La reconstrucción religiosa:

La Iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles había sufrido una grave destrucción durante la guerra. Sus imágenes, altares, ornamentos y el archivo parroquial desaparecieron, y el culto quedó interrumpido.

La documentación de la Causa General y algunos testimonios de posguerra afirman que el templo fue utilizado como lugar de detención e interrogatorio, definido en esos documentos como una «checa». 

Terminada la guerra, los vecinos comenzaron a limpiar y acondicionar el templo con los escasos medios disponibles. En 1941 llegó la nueva imagen de Nuestra Señora de los Ángeles, obra del escultor Casterá Masiá. Un año después se fundió la gran campana dedicada al Santísimo Sacramento, destinada a sustituir parte del conjunto desaparecido durante la guerra.

A los pies del campanario se colocó también un panel cerámico en recuerdo de los vecinos asesinados durante el período republicano. Esta memoria quedó incorporada al espacio público y religioso, en contraste con el silencio impuesto sobre las víctimas de la represión franquista.

Las Hermanas de la Doctrina Cristiana regresaron igualmente a Mislata y retomaron su labor educativa. La reconstrucción de su comunidad culminaría durante las décadas posteriores con la ampliación del colegio y la construcción del nuevo templo. La enseñanza religiosa recuperó así una posición central dentro de la sociedad mislatera.

Nacionalcatolicismo y control de la vida cotidiana:

La identificación entre el Estado y la Iglesia fue uno de los elementos fundamentales del primer franquismo. Misas, y ceremonias públicas adquirieron una fuerte dimensión política. Las autoridades municipales, la Falange y las organizaciones religiosas participaban conjuntamente en numerosos actos.

La educación quedó sometida a los principios del nacionalcatolicismo. La doctrina religiosa, la obediencia, el patriotismo y la separación de funciones entre hombres y mujeres se convirtieron en elementos centrales de la formación escolar.

El control también alcanzó al ocio. Desde 1941, los cines de Mislata, como los del resto de España, tuvieron que proyectar obligatoriamente el noticiario NO-DO antes de las películas. Sus reportajes mostraban una visión cuidadosamente controlada de la actualidad y exaltaban las obras del régimen, las ceremonias religiosas y la figura de Franco.

La clausura del Casino de La Nova:

Uno de los ejemplos más claros del control ejercido sobre las asociaciones locales fue el sufrido por el Centro Instructivo Musical.

Después de haber sido requisado durante la guerra como almacén de intendencia, el Casino de La Nova recuperó brevemente su actividad. Sin embargo, en 1942 una orden gubernativa clausuró el edificio al considerar que la sociedad era desafecta al régimen.

La sociedad musical fue disuelta y privada de su sede y patrimonio. Aunque inicialmente se planteó la venta de sus bienes mediante subasta, esta nunca llegó a celebrarse. Para poder continuar actuando, la banda tuvo que integrarse en la Obra Sindical de Educación y Descanso, organización dependiente del Sindicato Vertical.

La banda perdió su autonomía y su masa social, subsistiendo gracias al esfuerzo de los músicos y a las aportaciones de los llamados socios protectores. El Centro Instructivo Musical no recuperaría plenamente su personalidad jurídica y su patrimonio hasta 1977.

Los años del hambre:

Los años cuarenta estuvieron marcados por la escasez de alimentos, el racionamiento y el empobrecimiento general. La destrucción provocada por la guerra se unió a la política económica autárquica del régimen, que pretendía reducir al mínimo la dependencia del extranjero.

Productos básicos como pan, aceite, azúcar, arroz, carne o jabón estaban sometidos a racionamiento. Las cantidades oficiales resultaban frecuentemente insuficientes, lo que favoreció el desarrollo del estraperlo: la compraventa clandestina de productos a precios muy superiores a los fijados.

La huerta permitió que algunas familias mislateras dispusieran de verduras y productos agrícolas, pero no eliminó las dificultades. La producción estaba sometida a controles, cupos y restricciones.

Las redes familiares y vecinales fueron esenciales para sobrevivir. Se intercambiaban productos, se reutilizaba la ropa y se reparaba todo aquello que todavía podía prestar algún servicio. Las cartillas de racionamiento permanecieron vigentes hasta 1952, cuando la situación comenzó lentamente a mejorar.

Del pueblo agrícola a la ciudad industrial:

Durante la década de 1940 el crecimiento demográfico fue reducido. Según los censos del Instituto Nacional de Estadística, Mislata tenía 6.638 habitantes en 1940 y 6.970 en 1950.

La situación cambió profundamente durante los años cincuenta y sesenta. En 1960 la población había ascendido hasta los 10.931 habitantes y en 1970 alcanzaba ya los 20.020. En apenas veinte años, Mislata prácticamente triplicó su número de vecinos.

Este crecimiento se explica principalmente por la llegada de familias procedentes de otras poblaciones valencianas y de regiones como Castilla-La Mancha, Andalucía o Aragón. Muchos de los recién llegados buscaban empleo en la industria, la construcción y los servicios de Valencia y su área metropolitana.

La instalación en 1950 de empresas como Natra y la fábrica de papel Payá simbolizó esta nueva etapa industrial. A ellas se sumaban talleres, almacenes, fábricas de muebles, industrias químicas y numerosas empresas establecidas en Mislata, Quart de Poblet, Manises y Xirivella.

Mislata ofrecía la ventaja de encontrarse junto a Valencia y disponer todavía de terrenos más económicos. Su cercanía a las carreteras, el tranvía y el ferrocarril facilitaba tanto el transporte de mercancías como el desplazamiento diario de los trabajadores.

La desaparición de la antigua huerta:

La llegada de miles de nuevos habitantes provocó una enorme demanda de vivienda. Los campos y huertos que rodeaban el núcleo histórico comenzaron a urbanizarse rápidamente, dando paso a nuevos barrios.

El crecimiento fue especialmente intenso durante las décadas de 1960 y 1970. Las antiguas partidas rurales quedaron fragmentadas por carreteras y construcciones, mientras caminos, acequias y alquerías desaparecían bajo la expansión urbana.

El caserío tradicional fue sustituido progresivamente por edificios de varias alturas. El antiguo paisaje agrícola dejó paso a una trama urbana compacta, conectada cada vez más estrechamente con Valencia.

Esta expansión permitió alojar a una población creciente, pero también generó importantes desequilibrios. La construcción avanzó con más rapidez que los servicios públicos y los nuevos barrios necesitaron escuelas, centros sanitarios, alcantarillado, pavimentación, transporte y espacios verdes.

El estudio geográfico Mislata, análisis evolutivo y paisajístico, publicado en 1977 por Inés Grau García, ya advertía de la rapidez con la que el crecimiento demográfico y urbano estaba transformando el territorio y reduciendo la importancia de la agricultura. 

Los últimos años de la dictadura:

A comienzos de la década de 1970, Mislata era ya una localidad predominantemente obrera y urbana. La sociedad había cambiado mucho más deprisa que las estructuras políticas de la dictadura.

La muerte de Francisco Franco el 20 de noviembre de 1975 abrió una nueva etapa. Mislata llegaba a la Transición convertida en una ciudad muy distinta de la población agrícola ocupada por las tropas vencedoras en 1939: tenía más habitantes, una numerosa clase trabajadora, una economía diversificada y nuevas necesidades sociales.

Memoria de una transformación:

La posguerra y la dictadura dejaron en Mislata una huella profunda y contradictoria. Fueron años de represión y hambre, pero también el período en el que el municipio experimentó la mayor transformación demográfica y urbana de su historia.

El crecimiento industrial, la llegada de miles de familias y la construcción de nuevos barrios modificaron definitivamente el paisaje y la sociedad.

Fuentes:

-Archivo Histórico Nacional. Causa General de Mislata. Fondo FC-Causa General.

-Ayuntamiento de Mislata: Acta de la sesión plenaria del 28 de febrero de 2013.

-Diputación de València y L'ETNO: Fosas. Memoria oral de una represión.

-Generalitat Valenciana: Ficha de la fosa LIV del cementerio de Paterna.

-Grau García, Inés: Mislata, análisis evolutivo y paisajístico, Saitabi, n.º 27, 1977.

-Instituto Nacional de Estadística: Censos históricos de población de Mislata.

-López Porcal, Francisco: La imaginería religiosa de posguerra en Mislata: resurgir después de morir.

-Centro Instructivo Musical de Mislata: Historia de la sociedad y sus formaciones.