
Robos en la Iglesia de Ntra. Sra de los Ángeles.
La iglesia parroquial de Nuestra Señora de los Ángeles ha ocupado durante siglos un lugar central en la vida de Mislata. Ha sido espacio de culto, celebración, duelo y encuentro; un edificio en el que los vecinos depositaban no solo su fe, sino también imágenes, joyas, ornamentos y objetos litúrgicos de gran valor religioso y material.
Por ello, los robos sufridos en el templo fueron percibidos como agresiones contra uno de los principales símbolos de la comunidad. Entre los episodios conservados por la prensa y la memoria histórica local destacan dos: el asalto a la Casa Abadía en 1866 y el robo cometido en la madrugada del 18 de marzo de 1923.
Separados por cincuenta y siete años, ambos sucesos muestran realidades muy distintas: el primero fue un violento asalto domiciliario que terminó afectando a la iglesia; el segundo, un robo planificado contra el interior del templo y sus objetos de culto.
El asalto nocturno de 1866:
La primera noticia conocida se remonta a 1866. Durante la noche, cuatro hombres encapuchados irrumpieron en la Casa Abadía, anexa a la iglesia, mientras el párroco dormía.
Los asaltantes, armados con puñales, despertaron al sacerdote y le exigieron una cantidad extraordinaria: diez mil duros. El cura manifestó que no disponía de ese dinero, pero ofreció a los ladrones cuanto hubiera en la vivienda.
La banda registró entonces las dependencias de la Casa Abadía. Se llevaron dinero, ropa y alhajas pertenecientes a la sobrina del sacerdote, que residía allí junto a una criada. Las dos mujeres fueron obligadas a presentarse ante los ladrones y permanecieron retenidas bajo amenazas mientras continuaba el saqueo.
El asalto no quedó limitado a la vivienda. Insatisfechos con el botín, los ladrones exigieron al párroco las llaves de la iglesia, comunicada interiormente con la casa. Pese a las súplicas del sacerdote, tres de ellos entraron en el templo y se apoderaron de varios objetos.
La crónica de la época recoge un detalle especialmente llamativo: mientras uno de los asaltantes vigilaba a las víctimas, se unió al sacerdote para rezar el Ave María al oír las horas. Más allá de lo insólito de la escena, el episodio refleja el ambiente de miedo e indefensión vivido aquella noche dentro de uno de los espacios más respetados del pueblo.
La reacción policial fue rápida. Cuatro días después, la Guardia Civil detuvo a cinco hombres y dos mujeres relacionados con el asalto. La investigación judicial posterior requeriría una consulta directa de la prensa y los expedientes de la época para determinar la responsabilidad y el desenlace de cada implicado, pero las detenciones pusieron fin a la alarma inicial que había causado el robo.
El robo de la víspera de San José de 1923:
La madrugada del 18 de marzo de 1923, víspera de San José, la iglesia volvió a ser escenario de un robo. En esta ocasión, los ladrones accedieron directamente al edificio mediante una operación más discreta y preparada.
Según la noticia publicada por Las Provincias, los asaltantes escalaron el corral de una vivienda cercana y entraron en la iglesia por una ventana próxima al coro. Intentaron abrir las cerraduras de la sacristía, pero no lo consiguieron. Ante esa dificultad, se apoderaron de los objetos que tenían más a su alcance.
Para escapar, utilizaron una cuerda atada a una chimenea del convento de las monjas y atravesaron el huerto contiguo. La huida se produjo sin que nadie advirtiera el robo durante la noche.
Al amanecer, el templo ofrecía una imagen desoladora. Algunas imágenes habían sido despojadas de sus alhajas, faltaban piezas litúrgicas y el altar de la Capilla de la Comunión había quedado sin su sagrario.
El hallazgo del sagrario:
Poco después apareció el sagrario en el huerto del convento. Los ladrones no habían logrado abrirlo: el copón y las Sagradas Formas permanecían en su interior. Sin embargo, el exterior del tabernáculo había sufrido daños y parte de su ornamentación eucarística quedó destrozada.
Para los fieles, este hallazgo tuvo una importancia que iba mucho más allá de la recuperación de un objeto artístico. La conservación de las Formas consagradas fue interpretada como un motivo de alivio y acción de gracias después de una mañana de inquietud y dolor.
Las campanas tocaron a rebato, el tradicional aviso de alarma que convocaba a los vecinos. Los mislateros acudieron a la iglesia y, al conocerse que el sagrario había sido recuperado, comenzaron espontáneamente las oraciones.
El párroco, Evaristo Miñana Mestre, y el coadjutor, Miguel Quiles Aguiló, encabezaron la respuesta religiosa de la comunidad. Junto a las autoridades locales, entre ellas el alcalde Andrés Ballester Ricart, organizaron una procesión bajo palio para devolver solemnemente las Sagradas Formas al templo.
La procesión de restitución convirtió el final del robo en un acto colectivo. El pueblo respondió al daño sufrido por la iglesia reuniéndose en torno a aquello que consideraba más valioso: la continuidad del culto y la preservación del Santísimo.
El suceso ocurrió, además, en un momento especialmente significativo del calendario religioso. Apenas dos meses después, el 12 de mayo de 1923, se celebró en Valencia la coronación canónica de la Virgen de los Desamparados.
Mislata participó en aquella celebración llevando en andas la imagen de Nuestra Señora de los Ángeles. La presencia de los vecinos y de su patrona en un acto de tal relevancia adquirió un sentido especial tras el robo de marzo: fue una muestra pública de devoción y de recuperación de la normalidad religiosa.
Dos robos, dos momentos de la historia local:
Los hechos de 1866 y 1923 no fueron iguales. El primero estuvo marcado por la violencia contra los habitantes de la Casa Abadía y por el acceso forzado a la iglesia; el segundo fue un robo nocturno dirigido contra el patrimonio litúrgico del templo.
Sin embargo, ambos episodios revelan la importancia que la parroquia tenía para Mislata. Los objetos robados podían tener valor económico, pero también eran símbolos de devoción compartida. Las imágenes, las alhajas, el sagrario y los ornamentos formaban parte de la identidad religiosa y emocional del pueblo.
Recordar estos robos permite comprender que la historia de la iglesia no está hecha únicamente de arquitectura barroca, fiestas patronales y celebraciones. También está formada por momentos de pérdida, miedo y respuesta colectiva, en los que los mislateros se reunieron para proteger y restaurar aquello que sentían como propio.
