
Mislata en la Revolución Cantonal
En el verano de 1873, durante la Primera República, Valencia fue uno de los focos de la insurrección cantonal. Los federales intransigentes defendían una federación construida desde los municipios, lo que provocó el enfrentamiento con el Gobierno central.
Entre el 18 y el 19 de julio se formó la Junta Revolucionaria del Cantón Valenciano, que contó con el apoyo de varios municipios. El objetivo no era separar Valencia de España, sino acelerar la organización federal del Estado.
El Gobierno envió al general Arsenio Martínez Campos para restablecer la autoridad. Mislata, situada en el acceso occidental a la capital, quedó atrapada en el conflicto por su valor estratégico.
La proclamación del Cantón Valenciano:
La insurrección cantonal se produjo en un momento de extrema inestabilidad. La Primera República había sido proclamada el 11 de febrero de 1873, pero en pocos meses tuvo que hacer frente a la guerra carlista, la insurrección independentista cubana, los conflictos sociales y las divisiones internas del republicanismo.
Los federales moderados defendían que la nueva organización territorial debía establecerse legalmente desde las Cortes. Los intransigentes, por el contrario, consideraban que los municipios debían proclamar su autonomía y federarse libremente entre ellos. Esta discrepancia fue la que desencadenó la rebelión, no el rechazo a una Constitución ya vigente, pues el proyecto federal ni siquiera había llegado a aprobarse.
Valencia se preparó para resistir al ejército gubernamental. Como buena parte de sus antiguas murallas había sido derribada desde 1865, la Junta mandó levantar parapetos y barricadas en los accesos. También se emplazaron piezas de artillería en diferentes puntos, entre ellos las Torres de Quart, desde donde podía dominarse el antiguo Camino Real que conducía hacia Mislata.
Mislata, posición estratégica:
La situación geográfica de Mislata volvió a convertirla en una posición militar de primer orden. Quien dominara el pueblo controlaría el acceso occidental a Valencia, la carretera de Madrid y parte de los caminos que comunicaban la capital con Quart, Manises y Xirivella.
El núcleo urbano ofrecía además edificios sólidos, espacios para alojar tropas y una extensa huerta en la que podían instalarse baterías sin quedar encerradas entre construcciones. Acequias, caminos agrícolas, muros y alquerías proporcionaban protección y permitían aproximarse a la ciudad desde distintas direcciones.
Para sus habitantes, sin embargo, esta ventaja estratégica se transformó en una desgracia. Mislata quedó situada entre las posiciones cantonales de Valencia y las fuerzas gubernamentales que avanzaban desde el oeste y el sur. Durante varios días, el pueblo se encontró literalmente en medio del fuego cruzado.
La acción de Mislata del 31 de julio:
El 31 de julio de 1873, Martínez Campos llegó a Quart de Poblet. Allí recibió a un parlamentario que solicitó una entrevista en nombre de una comisión de voluntarios valencianos. Deseando explorar una solución negociada, el general avanzó con sus ayudantes y su Estado Mayor hasta Mislata.
Mientras se celebraban las conversaciones, una columna gubernamental y un destacamento de insurrectos entraron casi simultáneamente en el municipio. El encuentro provocó un intercambio de disparos de fusilería y artillería. Martínez Campos consiguió detener momentáneamente a sus tropas, pero reconoció que las fuerzas cantonales habían abierto un intenso fuego y que se habían producido bajas en ambos bandos.
El propio general relató los hechos en un telegrama fechado en Mislata el 31 de julio. En él comunicaba que se había adelantado con sus ayudantes para recibir a los representantes de los voluntarios y que el combate comenzó mientras mantenía la conferencia. Este documento, publicado posteriormente en la Gaceta de Madrid, confirma que Mislata fue escenario tanto de negociaciones como de enfrentamientos armados.
A pesar del choque, las conversaciones continuaron. Martínez Campos ofreció determinadas condiciones a quienes abandonaran la insurrección, pero también advirtió que iniciaría el ataque general el 2 de agosto si no se producía la rendición.
Martínez Campos y la Casa Gran:
Los historiadores identifican la Casa Gran como el edificio en el que se alojó Martínez Campos y donde se desarrollaron algunas de las conversaciones con las comisiones procedentes de Valencia.
La elección resultaba lógica. Situada en la antigua plaza Mayor —actual plaza de la Constitución—, la Casa Gran era un palacio señorial fortificado, con una posición dominante sobre el Camino Real y espacios suficientes para albergar al general, sus ayudantes y parte del personal militar.
José Martínez Aloy dejó constancia de este episodio al describir la Casa Gran y afirmar que en ella se alojó Martínez Campos durante el sitio de Valencia. La utilización del edificio también forma parte de las investigaciones recogidas por Luis Mañas Borrás en La Mislata de otros tiempos.
Conviene distinguir, no obstante, entre el alojamiento personal del general y el cuartel general del ejército. La documentación militar sitúa el cuartel general principal en Quart de Poblet, mientras que en Mislata se emplazó una batería de morteros. La Casa Gran habría funcionado como residencia, puesto de enlace y espacio para reuniones durante las operaciones desarrolladas en el municipio.
El comienzo del bombardeo:
Tras fracasar las negociaciones, el 2 de agosto comenzó el bombardeo. Las fuerzas gubernamentales instalaron baterías en Xirivella y Mislata, desde donde abrieron fuego contra las posiciones cantonales y los accesos occidentales de Valencia. En Mislata estuvo emplazada, al menos, una batería de morteros.
Los defensores respondieron desde la ciudad con una pieza de gran calibre situada en las Torres de Quart y con otras posiciones artilleras. Algunas narraciones identifican determinadas piezas como cañones Krupp, pero la documentación no permite asegurar que el cañón instalado en las Torres perteneciera concretamente a ese sistema.
El intercambio fue muy intenso. Algunas crónicas hablan de alrededor de quinientos disparos artilleros durante determinadas jornadas. Esta cifra no debe interpretarse como quinientas granadas cayendo diariamente sobre Mislata, sino como una estimación de la actividad artillera sostenida entre ambos bandos.
La artillería gubernamental bombardeaba Valencia desde Mislata y Xirivella, mientras las piezas cantonales respondían contra las baterías situadas en la huerta. Como consecuencia, numerosos proyectiles atravesaron el municipio o cayeron directamente sobre sus calles y edificios.
Los daños en Mislata:
La reconstrucción realizada por Luis Mañas conserva una relación detallada de los daños sufridos por el pueblo. Una granada alcanzó la cubierta de una alquería situada junto a la Cruz Cubierta y destrozó parte de su tejado.
El antiguo depósito de aguas de Valencia, levantado junto al límite de Mislata y actualmente convertido en Museo de Historia de Valencia, recibió el impacto de al menos tres proyectiles. Sus gruesos muros resistieron, aunque quedaron dañados por las explosiones.
El núcleo urbano también fue alcanzado. Las casas de la calle Mayor, alineadas con la trayectoria del fuego procedente de Valencia, quedaron especialmente expuestas. Varias cubiertas y muros sufrieron desperfectos, y algunas viviendas tuvieron que ser desalojadas.
En una de ellas, una granada atravesó el tejado y explotó en el interior de la cocina. La detonación destruyó parte de la estancia y dañó los fardos de cáñamo que allí se almacenaban.
También se produjeron daños en los campos y construcciones vinculadas a la actividad rural. El tránsito de tropas, la instalación de baterías y la caída de proyectiles afectaron a cultivos, caminos, acequias y diferentes instalaciones agrícolas.
La Iglesia parroquial de Nuestra Señora de los Ángeles fue uno de los edificios más castigados. Su campanario, elevado sobre el resto de las viviendas, constituía un punto especialmente expuesto al fuego procedente de Valencia. Uno de los proyectiles derribó la veleta situada sobre la torre. Otro penetró por la cubierta de la Capilla de la Comunión, rompió una reja, una lámpara y la puerta del coro, y terminó golpeando el pavimento, donde abrió un foso de tamaño considerable.
Otras granadas cayeron sobre el edificio sin provocar daños de tanta importancia, aunque una de ellas hizo saltar numerosas tejas de la cúpula. Los desperfectos obligaron posteriormente a reparar las cubiertas y los elementos afectados del templo.
Las campanas fueron así testigos directos del enfrentamiento. Junto a la iglesia se encontraba la Casa Gran ocupada por Martínez Campos, de manera que el corazón histórico de Mislata quedó situado en una de las zonas de mayor peligro.
La población bajo el fuego:
Durante los días del bombardeo, numerosos vecinos abandonaron sus viviendas o buscaron refugio en los lugares que consideraban más seguros. Las casas tradicionales, con cubiertas de teja y vigas de madera, ofrecían poca protección frente a las granadas.
Las labores agrícolas quedaron interrumpidas y la circulación por los caminos resultaba peligrosa. A la amenaza de los proyectiles se sumaban la presencia de soldados, las requisas y la necesidad de atender a heridos y desplazados.
A pesar de la intensidad del fuego y de los importantes daños materiales, la investigación histórica local no recoge víctimas mortales entre la población civil de Mislata. La ausencia de fallecidos resulta extraordinaria considerando los impactos recibidos por viviendas, alquerías, el depósito de aguas y la iglesia. Sí hubo bajas militares durante la acción del 31 de julio y en las operaciones posteriores.
La capitulación de Valencia:
El bombardeo provocó un progresivo abandono de la ciudad y debilitó la resistencia cantonal. El 5 de agosto, una comisión en la que participaron los cónsules de Gran Bretaña e Italia y el escritor y periodista Teodoro Llorente se entrevistó con Martínez Campos en Quart de Poblet. La mediación consiguió suspender temporalmente el fuego.
La Junta solicitó una amnistía para los insurrectos, pero Martínez Campos declaró que carecía de autoridad para concederla y exigió la rendición. Ante la imposibilidad de continuar la defensa, los dirigentes cantonales aceptaron capitular.
Durante la noche del 7 de agosto, los principales responsables de la insurrección abandonaron Valencia en el vapor Matilde con dirección a Cartagena, donde el movimiento cantonal continuaría resistiendo. Poco después se izaron banderas blancas en el Miguelete, las Torres de Serranos y las Torres de Quart.
El 8 de agosto, Martínez Campos entró en Valencia por las Torres de Quart al frente de las tropas gubernamentales. El Cantón Valenciano había terminado después de unas tres semanas de existencia y trece días de operaciones militares.
Las consecuencias para Mislata:
La Revolución Cantonal dejó en Mislata una profunda huella material y emocional. Durante varios días, el pueblo había sido campo de batalla, emplazamiento artillero, lugar de negociaciones y objetivo del fuego procedente de Valencia.
La Casa Gran volvió a demostrar su valor estratégico como edificio fortificado y residencia militar. La iglesia parroquial, las viviendas de la calle Mayor, la alquería de la Cruz y el depósito de aguas conservaron durante años las marcas de los proyectiles.
Mislata no fue la protagonista política de la insurrección, pero sufrió directamente sus consecuencias. Sus habitantes quedaron atrapados entre el Cantón Valenciano y el ejército de la misma República enviado para someterlo. Esta circunstancia convierte los sucesos de 1873 en uno de los episodios más singulares de la historia local.
La Revolución Cantonal confirmó nuevamente la importancia de Mislata en los accesos occidentales de Valencia. Como había sucedido en 1348, 1808 y 1811, su proximidad a la capital y su posición sobre el Camino Real transformaron la huerta y las calles del municipio en escenario de la historia militar valenciana.
