
La Guerra de la Independencia
Entre acequias, trincheras y fuego de artillería.
La Guerra de la Independencia no fue únicamente un enfrentamiento entre ejércitos regulares. En toda España, la resistencia frente a la ocupación napoleónica contó con la participación de milicias, voluntarios y vecinos que colaboraron en la defensa de sus poblaciones, transportaron víveres y municiones, atendieron a los heridos o emplearon sus conocimientos del territorio contra el invasor.
Mislata no fue una excepción. Su proximidad a València y su posición sobre el Camino Real la convirtieron en escenario de dos episodios diferentes: el ataque del mariscal Moncey contra la capital en junio de 1808 y las operaciones de Suchet durante el cerco de diciembre de 1811. En ambos momentos, las acequias, los campos y los edificios del municipio quedaron incorporados al conflicto.
La guerra afectó directamente a la población. Los vecinos participaron en la defensa, las tropas ocuparon edificios, las cosechas y provisiones quedaron expuestas a las requisas y varios espacios religiosos y señoriales fueron saqueados o dañados. Por ello, este episodio debe entenderse no solo como una batalla librada en Mislata, sino como una experiencia colectiva que alteró profundamente la vida del pueblo.
La victoria de Mislata del 26 de diciembre de 1811:
El 26 de diciembre de 1811, mientras buena parte del dispositivo español desplegado alrededor de Valencia se desmoronaba ante la maniobra envolvente del mariscal Suchet, ocurrió algo extraordinario en Mislata. La división española mandada por el general José Pascual de Zayas resistió el ataque de las tropas italianas del general Giuseppe Federico Palombini, rechazó sus asaltos y evitó que atravesaran por la fuerza las defensas levantadas entre el río Turia y la acequia de Favara.
Mislata no fue conquistada durante aquel combate. Los defensores, con ayuda de la población civil, conservaron la posición y causaron a la división atacante la mayor parte de las bajas sufridas por el ejército imperial durante la jornada. Solo cuando cayeron o fueron evacuadas las líneas de Quart, Manises y San Onofre, y las fuerzas francesas comenzaron a aparecer por Xirivella y la retaguardia española, Zayas recibió la orden de retirarse hacia Valencia.
La retirada se realizó lentamente, manteniendo la formación y conteniendo a las fuerzas que trataban de perseguirla. Así lo reconoció el propio general Joaquín Blake en su parte oficial: la división de Zayas se retiró hacia Valencia «haciéndose respetar de la infantería y caballería enemiga».
Esta resistencia convierte el combate de Mislata en uno de los episodios militares más notables de la historia local. Fue una victoria táctica española dentro de una operación que, en el conjunto del frente, terminó favoreciendo a Suchet. También fue una demostración de disciplina y valor de unas tropas que, aun sabiendo que podían quedar rodeadas, mantuvieron su posición hasta recibir la orden de abandonarla.
Mislata, puerta occidental de Valencia:
La situación geográfica de Mislata explica su importancia durante la Guerra de la Independencia. El pueblo se encontraba sobre el principal corredor terrestre que comunicaba Valencia con Quart de Poblet y el interior peninsular. El Camino Real atravesaba su núcleo urbano y continuaba hacia las Cabrillas, Requena y Madrid.
Quien avanzara hacia Valencia desde el oeste tenía que pasar por Quart, Mislata o sus inmediaciones. Además, el territorio estaba delimitado y fragmentado por el río Turia —conocido entonces también como Guadalaviar—, las acequias mayores y una densa red de brazales, caminos, huertos, molinos y alquerías.
Estas infraestructuras agrícolas podían convertirse con facilidad en elementos defensivos. Las acequias dificultaban el movimiento de la infantería y, sobre todo, de la caballería y la artillería. Los márgenes elevados, los muros de los huertos y las construcciones rurales ofrecían protección a los tiradores. Los caminos estrechos obligaban a las tropas atacantes a avanzar por lugares previsibles.
La acequia de Favara desempeñó un papel especialmente importante. Procedente del Turia, atravesaba el entorno de Quart y Mislata antes de continuar hacia la huerta meridional de Valencia. Su cauce era profundo y presentaba márgenes difíciles de superar bajo el fuego enemigo. Las fuentes francesas llegaron a considerar que atravesar la acequia resultaba más complicado que cruzar el propio río.
1808: el ejército de Moncey ante la Cruz de Mislata
Mislata apareció por primera vez en las operaciones militares de la guerra en junio de 1808. Tras las abdicaciones de Bayona y el levantamiento contra Napoleón, Valencia rechazó la autoridad de José Bonaparte y se preparó para resistir.
El mariscal Bon-Adrien Jeannot de Moncey recibió la misión de sofocar la insurrección valenciana. Salió de Madrid al frente de una columna de aproximadamente diez mil hombres y, después de atravesar el interior de la provincia y derrotar a las fuerzas que intentaron cerrarle el paso, llegó a las inmediaciones de Valencia.
El 27 de junio, tras superar la resistencia española en San Onofre, Moncey situó sus tropas entre Quart y Mislata. Desde allí exigió la rendición de la ciudad. La Junta valenciana respondió que el pueblo prefería morir en su defensa antes que aceptar una capitulación.
En la mañana del 28 de junio, las columnas imperiales llegaron a la Cruz Cubierta de Mislata. Este punto era una referencia fundamental del Camino Real y marcaba la entrada occidental a Valencia. Desde allí, las tropas se desplegaron hacia el arrabal de Quart, las Torres de Quart, la batería de Santa Catalina y otros sectores de la muralla.
La población de Valencia no alcanzaba entonces los 160.000 habitantes. El Censo de Floridablanca había contabilizado alrededor de 100.000 personas en 1787, por lo que a comienzos del siglo XIX la cifra seguía encontrándose más próxima a los cien mil habitantes. Pese a disponer de pocas tropas regulares y de unas murallas antiguas, la ciudad movilizó milicianos, voluntarios, religiosos, artesanos y vecinos para colaborar en la defensa.
Durante horas, la artillería francesa bombardeó las posiciones españolas. Moncey lanzó varios asaltos contra las puertas y los puntos fortificados, pero todos fueron rechazados. La resistencia desde las murallas y la aparición de fuerzas españolas en la zona de Campanar amenazaron la retaguardia imperial.
Al caer la noche, Moncey suspendió el ataque y replegó sus tropas hacia Mislata y Quart. Los franceses pasaron la noche en este entorno y, al amanecer del 29 de junio, comenzaron su retirada hacia el sur.
En 1808, por tanto, Mislata sirvió como plataforma desde la que el ejército francés atacó Valencia y como punto de repliegue después de su fracaso. La Cruz de Mislata quedó ligada desde entonces al primero de los intentos napoleónicos de apoderarse de la capital.
Los vecinos de Mislata en la defensa de 1808:
La participación de los mislateros en la guerra aparece recogida expresamente por el historiador José Martínez Aloy. En su descripción del municipio afirma que «los vecinos de Mislata lucharon heroicamente en la defensa de la ciudad contra los franceses».
Según su relato, los habitantes abrieron las compuertas de las acequias para inundar los campos próximos al Camino Real. Con ello pretendían dificultar el avance de la infantería, la caballería y la artillería francesas, obligadas a desplazarse por un terreno anegado, atravesado por canales y caminos estrechos.
Desde los campos y márgenes de las acequias, los mislateros hicieron fuego contra los soldados que avanzaban por la carretera. Después se dirigieron a Valencia y subieron a sus murallas para sumarse a los defensores de la ciudad. Esta descripción parece corresponder al ataque de Moncey del 28 de junio de 1808, cuando las tropas francesas avanzaron desde Quart y Mislata hacia las Torres de Quart.
La actuación vecinal resulta especialmente significativa porque demuestra que Mislata no fue un escenario pasivo. Sus habitantes aprovecharon el conocimiento del sistema de riego y del paisaje agrícola para convertir la huerta en un obstáculo defensivo. Las mismas acequias que durante siglos habían proporcionado fertilidad y riqueza a sus campos fueron utilizadas entonces como una verdadera arma de guerra.
Aunque desconocemos los nombres de aquellos vecinos, su participación quedó conservada en la memoria histórica local. Junto a los soldados y voluntarios valencianos, contribuyeron a detener el primer intento francés de tomar València en 1808.
De Moncey a Suchet:
La victoria valenciana de 1808 no terminó con la amenaza. Durante los tres años siguientes, la situación militar cambió profundamente. El ejército napoleónico fue ocupando buena parte de Aragón y Cataluña, mientras las fuerzas españolas sufrían derrotas, reorganizaciones y continuos problemas de abastecimiento.
El mando francés en el este peninsular recayó finalmente en Louis-Gabriel Suchet, uno de los generales más eficaces de Napoleón. Después de conquistar Lleida, Tortosa y Tarragona, Suchet penetró en el territorio valenciano.
El 25 de octubre de 1811 derrotó al ejército de Joaquín Blake en la batalla de Sagunto. Al día siguiente capituló el castillo, dejando abierto el camino hacia Valencia. Suchet, sin embargo, no disponía todavía de todas las fuerzas necesarias para cercar la ciudad y tuvo que esperar la llegada de refuerzos procedentes de otros territorios.
Mientras tanto, Blake organizó una extensa línea defensiva alrededor de Valencia. El objetivo era proteger los accesos, impedir que los franceses cruzaran el Turia y conservar abiertas las carreteras que permitían retirarse hacia el sur.
El despliegue español en Mislata:
A finales de diciembre de 1811, el ejército de Blake formaba una larga línea que se extendía desde Manises y Quart hasta Mislata, Valencia y el mar.
El general Nicolás Mahy tenía su cuartel general en Manises. Las divisiones de Villacampa y Obispo ocupaban Manises y San Onofre; el brigadier Juan Creagh defendía Quart; la caballería se encontraba más atrás, entre Aldaia y Torrent; y la división de José Pascual de Zayas estaba instalada en Mislata. Más cerca de Valencia se situaban las tropas de Miguel de Lardizábal, mientras que la división de Miranda protegía Monteolivete.
La posición de Mislata era una de las mejor defendidas. Estaba protegida por el Turia, por varias acequias y por los atrincheramientos levantados frente al pueblo. La división de Zayas constituía, además, una de las unidades más disciplinadas del ejército español.
Sus hombres habían combatido ese mismo año en la batalla de La Albuera, donde resistieron un durísimo ataque francés, y después habían participado en las operaciones de Sagunto. El núcleo de la división estaba formado por unidades veteranas que habían aprendido a mantenerse firmes frente a ataques en columna y bajo un intenso fuego de artillería.
El regimiento de la Princesa también intervino en los combates del sector, pero no pertenecía a la división de Villacampa ni fue el encargado principal de fortificar Mislata. Formaba parte del dispositivo de Creagh en Quart y fue desplazado durante la batalla para apoyar los puntos amenazados entre ambas poblaciones.
La defensa directa de Mislata correspondía a la cuarta división de Zayas, reforzada durante el combate con algunas piezas de artillería y tropas procedentes de Valencia. El pueblo, junto con soldados y voluntarios, reforzó las defensas: parapetos levantados con tierra y sacos, trincheras excavadas junto a la acequia, aprovechamiento de setos, muros de piedra y bancales para cubrir posiciones. Las mujeres, ancianos y niños no podían combatir, pero ayudaban transportando agua, alimentos y munición a las posiciones, mientras algunos escondían grano y herramientas para que no cayeran en manos del enemigo.
El plan envolvente de Suchet:
Suchet sabía que un ataque frontal contra toda la línea española podía resultar lento y costoso. Su plan consistió en envolver el extremo occidental del dispositivo de Blake, cruzando el Turia por encima de Manises y avanzando después hacia Torrent, Catarroja y la carretera de Murcia. Si la maniobra tenía éxito, el ejército español quedaría separado de sus rutas de retirada hacia el sur.
Durante la noche del 25 al 26 de diciembre, los ingenieros franceses construyeron dos puentes de caballetes y la artillería tendió un puente de barcas. Por ellos comenzaron a cruzar las divisiones que participarían en la maniobra envolvente.
El ataque contra Mislata tenía, inicialmente, una función secundaria. Suchet pretendía fijar en aquella posición a las tropas de Zayas, impedir que acudieran en ayuda de otros sectores y abrir un paso directo hacia Valencia si se presentaba la oportunidad.
La misión fue encomendada a la división italiana del general Giuseppe Federico Palombini, integrada en el ejército imperial. Se trataba de tropas del Reino de Italia, estado dependiente de Napoleón, que llevaban años combatiendo en la Península.
Palombini contaba con los regimientos italianos 2.º Ligero y 4.º, 5.º y 6.º de Línea, apoyados por los Dragones Napoleón y por seis piezas de artillería de grueso calibre. Una de sus brigadas estaba mandada por el general Balathier. El coronel Barbieri dirigía el 2.º Regimiento Ligero.
26 de diciembre de 1811: comienza la batalla
Alrededor de las diez de la mañana, Palombini puso en movimiento sus tropas. La artillería imperial abrió fuego desde la orilla septentrional del Turia para proteger el cruce.
El general Balathier, a pie y al frente del 2.º Ligero y del 4.º de Línea, atravesó el río utilizando una presa o estacada relacionada con un molino. Al mismo tiempo, otras unidades cruzaron por un vado. Los ingenieros comenzaron a construir un puente para facilitar el paso de nuevos efectivos y asegurar la comunicación con la orilla de partida.
Los italianos tuvieron que avanzar bajo un intenso fuego español de fusilería, metralla y artillería. Después de cruzar el Turia encontraron nuevas dificultades: acequias, canales y terrenos de huerta que fragmentaban el campo y dificultaban mantener la formación.
La acequia de Favara constituía la principal barrera antes de llegar a las posiciones de Zayas. Para atravesarla, los italianos trataron de utilizar pasos improvisados y un puente construido durante la acción. Los voltigeurs o infantes ligeros avanzaban primero, buscando puntos débiles y hostigando a los defensores.
La lucha fue extremadamente dura. El propio Suchet, que se encontraba dirigiendo la operación principal en otro sector, escribió que el movimiento secundario contra Mislata había dado lugar a una «acción muy viva».
Zayas mantiene la posición:
Las tropas españolas permitieron que los atacantes se desgastaran cruzando el río y los canales antes de recibirlos con un fuego concentrado. Desde los parapetos, márgenes y defensas levantadas junto a las acequias, la infantería de Zayas descargó sus fusiles contra las columnas italianas.
El brigadier Creagh recibió la orden de acudir desde Quart con el batallón de la Corona para reforzar Mislata. Cuando llegó, Zayas consideró que no necesitaba aquella infantería porque esperaba otros dos batallones procedentes de Valencia. Únicamente solicitó conservar los dos obuses que acompañaban a Creagh, pues podían resultar decisivos contra las tropas que trataban de atravesar las acequias.
Este episodio demuestra la confianza de Zayas en sus hombres y en la solidez de la posición. No pidió una retirada ni reclamó todos los refuerzos disponibles. Mantuvo su división en los atrincheramientos y concentró la artillería sobre los puntos de paso.
El fuego español desordenó la brigada de Saint-Paul y la arrojó hacia el Turia. Palombini intentó reorganizarla, pero los ataques continuaron siendo rechazados. La otra brigada, dirigida por Balathier, quedó también en una situación muy comprometida.
El conde de Toreno describió posteriormente cómo Zayas defendió «con brío» su posición y cómo el fuego español, vivo y preciso, desorganizó a los atacantes. Otros relatos militares confirman que los italianos llegaron a establecer algunas cabezas de puente, pero no consiguieron quebrar definitivamente la línea española ni apoderarse de Mislata por asalto.
El precio pagado por Palombini:
El parte enviado por Suchet al príncipe Berthier el 29 de diciembre permite medir la violencia del enfrentamiento. La división de Palombini reconoció:
-Ocho oficiales y cuarenta y un soldados muertos.
-Veintiséis oficiales y trescientos veintinueve soldados heridos.
-Un total de 404 bajas entre muertos y heridos.
Entre los fallecidos se encontraba el coronel Barbieri, jefe del 2.º Ligero italiano, y el capitán de ingenieros Ordinaire, muerto mientras dirigía la construcción de un puente bajo el fuego español. También resultaron heridos los coroneles Saint-André y Peyre.
Suchet reconoció 521 bajas en el conjunto de las operaciones del 26 de diciembre. Esto significa que aproximadamente cuatro de cada cinco bajas imperiales de aquella jornada se produjeron en la división que atacó Mislata.
Las fuentes españolas hablaron de hasta cuarenta oficiales enemigos fuera de combate. Aunque las cifras difieren ligeramente, tanto los relatos españoles como el parte francés coinciden en que el ataque contra Mislata fue el combate más sangriento de la operación.
La caída del resto de la línea:
Mientras Zayas contenía a Palombini, la situación española empeoraba en otros sectores. Las tropas francesas habían cruzado el Turia aguas arriba y avanzaban hacia la retaguardia del ejército de Blake.
Manises y San Onofre fueron evacuados después de una resistencia limitada. En Quart, las unidades españolas combatieron contra columnas superiores, pero terminaron retirándose hacia Xirivella. En estos enfrentamientos se distinguieron los batallones de la Corona, Tiradores de Cádiz, Alcázar de San Juan, Voluntarios de Burgos y el regimiento de la Princesa.
La llegada de las tropas de Reille y Severoli agravó el peligro. Unas columnas francesas avanzaban hacia Aldaia y Xirivella, mientras otras se dirigían hacia Torrent y Catarroja. La caballería española había sido derrotada y buena parte de las fuerzas de Mahy se retiraba hacia el Xúquer.
La posición de Zayas seguía resistiendo, pero había perdido su función estratégica. Si permanecía en Mislata, la división podía quedar rodeada entre Palombini, las tropas procedentes de Quart y las fuerzas que avanzaban por su retaguardia.
Una retirada que no fue una derrota:
Blake ordenó a Zayas abandonar Mislata y replegarse hacia Valencia. La decisión no fue consecuencia de una derrota sufrida frente a Palombini, sino del hundimiento general del ala izquierda española.
El parte oficial de Blake, publicado en la Gaceta de la Regencia, resulta concluyente. Afirma que el movimiento francés fue «sostenido constantemente» por la división de Zayas y explica que esta solo se retiró cuando vio que Quart había sido abandonado y que las fuerzas españolas desfilaban hacia Xirivella.
Zayas ejecutó la retirada lentamente, conservando el orden y conteniendo a la infantería y caballería que tenía al frente. Su división regresó hacia Valencia sin ser destruida ni dispersada.
La intervención de las tropas francesas procedentes de otros sectores permitió finalmente a Palombini salir de la comprometida situación en la que se encontraba. Pero cuando los españoles abandonaron Mislata, los italianos no habían logrado conquistar por sí solos la posición que se les había ordenado romper.
Por ello, el combate debe considerarse una victoria táctica española. Zayas cumplió su misión, rechazó el ataque frontal, infligió pérdidas muy elevadas y se retiró únicamente cuando una amenaza exterior convirtió la defensa en inútil.
En el conjunto de la campaña, sin embargo, Suchet obtuvo una victoria estratégica: logró rodear Valencia y encerrar dentro de sus defensas a Blake y a una parte considerable del ejército español.
El cerco y la capitulación de Valencia:
Tras la retirada de Mislata, las divisiones de Zayas, Lardizábal y Miranda se encerraron en las líneas exteriores de Valencia. Suchet completó el cerco e impidió que el ejército escapara hacia el sur.
En la noche del 28 al 29 de diciembre, Blake intentó realizar una salida por la puerta de San José. El terreno, la oscuridad y el fuego de las avanzadas francesas desorganizaron el movimiento, obligando a las tropas a regresar a sus posiciones.
El 4 de enero de 1812, el ejército español abandonó las defensas exteriores y se replegó dentro del recinto urbano. Al día siguiente comenzó el bombardeo, que continuó durante los días 6, 7 y 8, causando daños en los edificios y numerosas desgracias entre los habitantes.
Sin esperanza de recibir socorro, con escasez de víveres y ante la posibilidad de que las tropas francesas abrieran una brecha y asaltaran la ciudad, Blake inició las negociaciones.
La capitulación se firmó el 9 de enero de 1812. Al día siguiente, el ejército español salió por la puerta de Serranos, depuso las armas y quedó prisionero. Entre los capturados se encontraban Blake y Zayas.
Valencia permaneció bajo dominio francés hasta el verano de 1813.
El significado histórico de la batalla
El combate de Mislata fue una acción aparentemente secundaria que terminó convirtiéndose en el enfrentamiento más duro del 26 de diciembre de 1811.
Suchet pretendía utilizar el ataque de Palombini para fijar a Zayas y facilitar su gran maniobra envolvente. Sin embargo, la resistencia española convirtió aquel ataque de distracción en una lucha prolongada y sangrienta.
El resultado final de la campaña no disminuye el mérito de la defensa. La caída posterior de Valencia convirtió aquella victoria táctica en un episodio olvidado dentro de una derrota de mayores dimensiones. Pero durante varias horas, sobre los campos y acequias de Mislata, una división española detuvo a las tropas de uno de los ejércitos más poderosos de Europa.
La ocupación de Mislata:
Tras la retirada española, las tropas imperiales ocuparon el municipio. Mislata pasó a formar parte del dispositivo establecido por Suchet alrededor de Valencia, destinado a cerrar sus comunicaciones, impedir la llegada de refuerzos y obligar al ejército de Joaquín Blake a capitular.
La historiografía local señala que los franceses tomaron los dos principales edificios señoriales del municipio: la Casa Gran, situada en la plaza Mayor, y el antiguo Castillo de la Morería. La Casa Gran, por su amplitud, su posición junto al Camino Real y su carácter fortificado, fue utilizada como cuartel. El castillo también fue ocupado y sufrió los saqueos y daños que debieron iniciar su deterioro.
El saqueo del pueblo:
La presencia de un ejército de ocupación tenía consecuencias inmediatas para una población. Las tropas necesitaban alojamiento, alimentos, animales de tiro, leña, grano y otros suministros. Parte de estos recursos se obtenían mediante requisas, pero en muchas ocasiones la ocupación derivaba en saqueos y destrucciones.
Mislata sufrió directamente estas consecuencias. Las viviendas, los campos y los principales edificios quedaron a merced de las tropas. Los molinos, hornos, establos y almacenes resultaban especialmente valiosos para el abastecimiento militar, mientras que las casas de mayores dimensiones podían convertirse en alojamientos, depósitos o puestos de mando.
Aunque resulta difícil reconstruir el alcance exacto de las pérdidas materiales, los daños sufridos por los principales edificios religiosos y señoriales demuestran que el saqueo no fue un hecho aislado.
La iglesia parroquial fue uno de los edificios afectados. Martínez Aloy, después de describir el templo, sus capillas y las obras de arte conservadas en su interior, afirma de forma inequívoca que fue «impíamente saqueada por los franceses». El saqueo debió de ocasionar la desaparición de objetos litúrgicos, alhajas, ornamentos y otras piezas de valor artístico e histórico.
La ocupación francesa afectó también a la antigua ermita de Nuestra Señora de Belén, situada en la calle de Arriba o de la Pelota, actualmente calle de los Ángeles. Allí se veneraba la imagen que durante parte del siglo XVIII fue considerada copatrona de Mislata y cuyo culto estaba atendido por una cofradía aprobada canónicamente en 1754.
Martínez Aloy explica que la imagen fue trasladada a la iglesia parroquial como consecuencia de los «desmanes sufridos en la invasión francesa». La expresión indica que la ermita fue asaltada o gravemente dañada y quedó inutilizable para mantener en ella el culto con normalidad.
No puede asegurarse que el edificio fuera completamente destruido durante la guerra, pero sí que perdió su función como ermita. La imagen tuvo que ser retirada, la cofradía terminó extinguiéndose y el tradicional porrat celebrado en torno a la advocación fue trasladado a Xirivella. La antigua ermita quedó posteriormente integrada en una vivienda, donde tiempo después volvería a habilitarse una pequeña capilla.
La Guerra de la Independencia marcó así un punto de inflexión en la devoción a Nuestra Señora de Belén. Aunque la imagen sobrevivió y fue trasladada a la parroquia, su culto nunca recuperó plenamente la importancia que había alcanzado durante el siglo XVIII.
Las heridas de la ocupación:
La ocupación francesa dejó en Mislata una huella que fue más allá del campo de batalla. El pueblo sufrió la presencia continuada de soldados, la requisa de recursos, el saqueo de edificios y la alteración de su vida económica y religiosa.
La iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles fue saqueada; la ermita de Belén quedó inutilizada para el culto; la Casa Gran fue empleada con funciones militares y el Castillo de la Morería fue ocupado y dañado. A ello se añadieron las pérdidas sufridas por las familias, la interrupción de los trabajos agrícolas y el temor provocado por el paso constante de tropas.
Sin embargo, la memoria de aquellos años también conserva un episodio de resistencia colectiva. Los mislateros utilizaron las aguas de sus acequias para impedir el avance francés, combatieron desde los campos y acudieron después a defender las murallas de Valencia. Su actuación convierte la Guerra de la Independencia en uno de los capítulos de mayor implicación popular y heroísmo de la historia de Mislata.
