
Semana Santa
La Semana Santa forma parte de la memoria colectiva de Mislata desde hace generaciones. Mucho antes de que el municipio adquiriera su actual aspecto urbano, las procesiones recorrían las calles estrechas del antiguo pueblo entre cirios, campanas, música, rezos y el murmullo de los vecinos congregados junto a las fachadas.
Las celebraciones no se limitaban al interior de la iglesia. Ocupaban plazas, calles y cruces de caminos; movilizaban a familias, músicos, artesanos, asociaciones y autoridades; hacían salir de los armarios vestidos, mantos y estandartes; y convertían durante unos días el casco antiguo en un gran escenario comunitario.
Muchas costumbres desaparecieron y otras fueron transformándose. La Semana Santa actual no es una reproducción exacta de la celebrada en el siglo XIX ni de la reconstruida después de la Guerra Civil. Conserva, sin embargo, elementos de extraordinario interés: el Santo Entierro, el Encuentro del Domingo de Resurrección, las reverencias de la Virgen, el sonido simultáneo de las campanas, las aleluyas, la participación de la banda y una geografía procesional que enlaza distintos barrios e iglesias de Mislata.
Una tradición arraigada en el siglo XIX
Las referencias conservadas permiten situar la Semana Santa de Mislata, al menos, en el siglo XIX. Los documentos vinculados a Casa Insa, establecimiento valenciano especializado en el alquiler y confección de indumentaria para procesiones y fiestas, muestran el alcance que tuvieron en l'Horta las antiguas representaciones religiosas.
En aquellos cortejos no participaban solamente las imágenes. Vecinos vestidos de patriarcas, apóstoles, santos, ángeles y otros personajes bíblicos componían una narración visual de la Pasión y de la historia sagrada. Las procesiones eran a la vez ceremonia religiosa, representación teatral y manifestación pública de la comunidad.
La ropa podía alquilarse en casas especializadas y reutilizarse en poblaciones diferentes. De este modo, los pueblos de l'Horta compartían personajes, modelos de vestuario y formas de organizar los cortejos, aunque cada localidad adaptaba la celebración a sus calles y costumbres.
Mislata participaba de ese mundo festivo. El actual repertorio de la Semana Santa —el Cristo Yacente, la Virgen de los Dolores y Jesús Resucitado— hunde sus raíces en aquellas representaciones antiguas, aunque apenas conocemos el aspecto de las imágenes que salían antes del siglo XX.
La destrucción del archivo parroquial en 1936 borró numerosos datos sobre autores, encargos y recorridos. A pesar de ello, la documentación dispersa, las fotografías y los recuerdos familiares permiten reconocer una tradición consolidada antes de la Guerra Civil.
La palabra religiosa como patrimonio cultural
La Semana Santa también produjo textos, oraciones y composiciones poéticas. Uno de los testimonios más tempranos relacionados con Mislata es el Septenario Doloroso, publicado en 1891 por Joaquim Martí Gadea, sacerdote, escritor y folklorista que había sido nombrado párroco de la localidad en 1879.
El folleto tenía cuarenta y seis páginas y estaba destinado al uso de fieles, parroquias y congregaciones. Su contenido recorría los siete dolores de la Virgen mediante meditaciones y versos escritos en castellano y valenciano.
Más allá de su finalidad religiosa, la obra muestra la convivencia lingüística propia de la sociedad valenciana del siglo XIX. Martí Gadea utilizó una lengua próxima al habla popular, capaz de trasladar los relatos de la Pasión a unas fórmulas fácilmente recitables y memorizables.
En sus versos aparecen la Virgen recibiendo el cuerpo de Cristo, la amargura de la separación y la imagen de la madre que queda sola después del entierro. Aquella literatura piadosa formaba parte del paisaje cultural de la Semana Santa: se leía, se cantaba y se transmitía dentro de las familias y asociaciones.
Las antiguas procesiones como representación colectiva
Las procesiones antiguas eran más largas y teatrales que las actuales. Las imágenes iban precedidas por la cruz parroquial, monaguillos, cirios... Los participantes representaban episodios sagrados y convertían el recorrido en una narración comprensible incluso para quienes no sabían leer.
También intervenían la música y las campanas. La banda acompañaba el desplazamiento de las imágenes, marcaba el ritmo del cortejo y subrayaba los momentos de mayor emoción. Los volteos anunciaban la salida, la llegada y los principales movimientos de la ceremonia.
La participación del vecindario no se reducía a contemplar. Había personas encargadas de vestir las imágenes, preparar flores, encender luminarias, transportar las andas y adornar balcones y fachadas. Las procesiones eran el resultado de un trabajo comunitario distribuido entre numerosas familias.
El Cant de la Carxofa y el Encuentro
La Carxofa no perteneció exclusivamente a una sola celebración. El mismo tipo de aparato escénico podía emplearse en diferentes festividades marianas, adaptando su canto y su significado a la imagen homenajeada. En Mislata estuvo asociada tanto a celebraciones del mes de agosto como al Encuentro del Domingo de Resurrección.
Consistía en una estructura suspendida con forma de alcachofa. Sus grandes hojas permanecían cerradas hasta la llegada de la procesión. En el momento culminante se abrían lentamente y dejaban ver en su interior a un niño o una niña vestido de ángel.
En el Encuentro pascual, la apertura tenía lugar cuando la Virgen llegaba ante la iglesia después de reunirse con Cristo Resucitado. El ángel entonaba un canto de alabanza a María, acompañado por músicos y por la banda. La escena se completaba con el volteo de campanas, el lanzamiento de aleluyas y, en algunos momentos, la suelta de palomas.
Los pequeños papeles de colores arrojados desde las carcasas contenían versos y alabanzas marianas. Al caer sobre la plaza convertían al público en parte de la representación: los asistentes los recogían y algunos los conservaban como recuerdo.
La importancia cultural de la Carxofa reside precisamente en esa combinación de escenografía, música, canto infantil, artificio mecánico y participación colectiva. No era solamente una decoración, sino una forma de teatro popular suspendido sobre la calle.
Su utilización en diferentes festividades explica que aparezca vinculada a celebraciones distintas sin que ello implique la existencia de dos tradiciones incompatibles. Era un mismo lenguaje festivo, empleado en varios momentos del calendario.
El Encuentro antes de la guerra
El Domingo de Resurrección ponía fin a los días de luto mediante el encuentro de la Virgen de los Dolores con Jesús Resucitado. Las dos imágenes seguían recorridos diferentes y se aproximaban a través de una serie de movimientos cuidadosamente dirigidos.
Las reverencias constituían la parte más característica. No eran simples inclinaciones de las andas, sino una coreografía procesional formada por avances, retrocesos, detenciones y aproximaciones sucesivas. El pueblo conocía el significado del gesto y aguardaba el instante en que ambas imágenes terminaban por encontrarse.
Campanas, música, palomas, papeles de colores y aclamaciones transformaban el ambiente. Frente al tono contenido del Viernes Santo, el Encuentro representaba la recuperación de la luz, el color y el movimiento.
La antigua Dolorosa que intervenía en la ceremonia aparece fotografiada en una estampa fechada el 12 de abril de 1925, Domingo de Resurrección. Aquel día se celebró su coronación en Mislata. La fotografía muestra una imagen de vestir colocada sobre una peana de nubes, acompañada por pequeñas figuras angélicas y revestida con manto, toca, corona y resplandor.
La coronación de 1925 quedó fijada en la memoria local. Setenta y cinco años después, en abril de 2000, las clavariesas conmemoraron el aniversario y promovieron la bendición de una nueva corona. El acto enlazó la Semana Santa contemporánea con una ceremonia celebrada cuando Mislata todavía conservaba el aspecto de una población agrícola.
La ruptura de 1936
El 23 de julio de 1936, durante los primeros días de la Guerra Civil, la iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles fue incendiada. Desaparecieron el archivo parroquial, altares, imágenes, ornamentos, mobiliario y numerosos objetos utilizados en las celebraciones.
La documentación parroquial posterior incluyó expresamente entre los espacios afectados el altar de la Virgen de los Dolores. La antigua imagen coronada en 1925 dejó de conservarse y con ella desapareció buena parte del aparato material de las antiguas procesiones.
También se perdieron estandartes, vestiduras, andas y documentos que podían haber explicado con mayor precisión la historia de la Hermandad y de la Semana Santa anterior a la guerra.
La destrucción interrumpió la continuidad material de la celebración, pero no borró su recuerdo. Las familias conservaron fotografías, relatos y formas de organizar los actos. Ese patrimonio inmaterial permitió reconstruir la fiesta cuando comenzaron a recuperarse las celebraciones públicas.
1944: reconstruir la Semana Santa
En 1944, durante el ministerio parroquial de Francisco Sastre y Vallés, se reorganizó la Hermandad del Santo Entierro. La recuperación exigía mucho más que volver a formar una asociación: era necesario encargar imágenes, construir andas, preparar una urna funeraria, conseguir textiles y reconstruir los cortejos.
Ese mismo año fueron realizadas la actual Virgen de los Dolores y el Cristo Yacente. En 1945 se incorporó la imagen de Jesús Resucitado. Las tres obras se atribuyen al escultor valenciano Enrique Casterá Masià, cuyo taller participó activamente en la reconstrucción del patrimonio religioso después de la guerra.
El Cristo Yacente, de aproximadamente 1,40 metros, fue concebido para su exposición y traslado en una urna acristalada. Su anatomía marcada y la intensidad del modelado le otorgan una personalidad propia dentro de la producción del escultor.
La urna y las andas forman parte inseparable del conjunto. Una placa conserva la identificación del Estudio de Escultura Religiosa de E. Casterá y Masià, situado entonces en la calle Doctor Sumsi de Valencia. La estructura rectangular, tallada y dorada, incorpora una cubierta transparente a dos aguas y candelabros con tulipas de vidrio.
La Dolorosa de 1944 es una imagen de vestir. El Resucitado, realizado al año siguiente en madera de pino, aparece erguido sobre una peana de nubes, con manto, nimbo y cruz triunfal. Estas tres imágenes permitieron recuperar los principales relatos procesionales: el dolor de la Pasión, el entierro de Cristo y la alegría del Encuentro.
La reconstrucción demuestra cómo una tradición puede conservar su continuidad aunque cambien sus objetos materiales. Las nuevas imágenes no eran copias exactas de las desaparecidas, pero asumieron su lugar dentro de las ceremonias y de la memoria familiar.
La Hermandad del Santo Entierro y las Clavariesas de la Virgen de los Dolores
La Hermandad del Santo Entierro ha sido la principal responsable de mantener los cortejos, custodiar parte del patrimonio y organizar la participación de sus miembros.
Su emblema representa la cruz con el sudario, imagen asociada a Cristo después del descendimiento. Aparece en medallas, insignias, documentos e indumentaria y actúa como elemento de identidad colectiva.
La incorporación reciente de hábitos de nazareno ha dado mayor unidad visual a las procesiones. El modelo está formado por túnica blanca con botonadura negra, capa negra con el escudo corporativo, capirote negro con emblema circular blanco y Cruz de Jerusalén roja, cíngulo negro, guantes blancos y calzado negro.
Esta indumentaria no es una pieza decorativa aislada. Regula la apariencia del grupo, oculta las diferencias individuales y convierte a los participantes en representantes de la Hermandad. Su implantación forma parte del proceso contemporáneo de recuperación y renovación de la Semana Santa.
La organización de las celebraciones también estuvo estrechamente relacionada con las clavariesas de la Virgen de los Dolores. Su actividad se distribuía entre dos momentos distintos: la Semana Santa y la fiesta propia de la Virgen alrededor del 15 de septiembre.
Aquellas fiestas muestran que la Dolorosa ocupaba un lugar que iba más allá de la Semana Santa. La misma organización mantenía una celebración penitencial en primavera y otra festiva en septiembre, con lenguajes diferentes.
Un escrito de las propias clavariesas explica las dificultades de sostener ambos bloques. Música, flores, pólvora y organización suponían un esfuerzo económico considerable para un grupo reducido. Por ello se decidió potenciar la Semana Santa y concentrar en ella una parte creciente de los recursos.
Este doble calendario ayuda a comprender la evolución posterior. La reducción de las fiestas de septiembre no significó la desaparición de la organización ni de su patrimonio, sino una reorientación hacia los actos pascuales.
Decadencia y renovación
A partir de la década de 1980, la Semana Santa atravesó un periodo de pérdida de participación. El crecimiento urbano, los cambios sociales, la disminución del número de clavariesas y cofrades y la aparición de nuevas formas de ocio hicieron más difícil mantener algunas costumbres.
Durante los primeros años del siglo XXI llegó a temerse por la continuidad de ciertos actos. La falta de relevo obligaba a un número reducido de personas a asumir una carga organizativa cada vez mayor.
A partir de 2015 comenzó una nueva etapa de renovación. La Hermandad recuperó presencia pública, reforzó su identidad corporativa e incorporó iniciativas destinadas a aumentar la participación. La aparición de los nazarenos modificó la imagen de los cortejos y aportó una mayor unidad ceremonial.
El proceso no se limitó a conservar lo antiguo. También creó actos nuevos que dialogan con el pasado. La Procesión del Silencio, incorporada en 2025, es un ejemplo claro: una celebración contemporánea que utiliza las calles de la antigua Morería para producir una experiencia vinculada al paisaje histórico de Mislata.
La Semana Santa en la actualidad
La Semana Santa contemporánea no se concentra en un único templo. Su recorrido enlaza la iglesia de San Miguel de Soternes, la antigua parroquia de San Carlos, el convento de la Virgen al Pie de la Cruz, la iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles y las calles del casco histórico.
Este desplazamiento entre barrios constituye uno de sus principales valores culturales. Las procesiones dibujan sobre la ciudad un mapa simbólico y conectan espacios que normalmente funcionan de manera independiente.
El traslado de la Virgen, la romería de las palmas, los vía crucis y el Santo Entierro hacen que las imágenes y los participantes atraviesen diferentes etapas de la historia urbana de Mislata: la antigua Morería, la calle Mayor, el entorno parroquial, el barrio de la Cruz y las zonas de expansión del siglo XX.
Cada recorrido transforma temporalmente la calle. El tráfico se detiene, cambia la iluminación, disminuye el ruido cotidiano y aparecen sonidos distintos: tambores, marchas, campanas, rezos y pasos sobre el pavimento.
De las palmas al silencio
La apertura pública de las celebraciones tiene lugar el Viernes de Dolores. El pregón se pronuncia en la iglesia de San Miguel de Soternes y la Virgen es trasladada posteriormente hasta la parroquia de Nuestra Señora de los Ángeles. El acto enlaza dos templos y hace visible la dimensión urbana de la Semana Santa.
El Domingo de Ramos comienza en la antigua parroquia de San Carlos. Allí se bendicen palmas y ramas de olivo antes de iniciar la romería hasta Nuestra Señora de los Ángeles. El movimiento de los participantes, el color de las palmas y la presencia de familias introducen en las calles un tono diferente al que dominará durante los días siguientes.
La noche del Jueves Santo, la Procesión del Silencio recorre la antigua Morería. Durante el itinerario se rezan las estaciones del Vía Crucis. La escasa iluminación, la ausencia de música festiva y la concentración de los participantes convierten las calles estrechas en parte activa de la ceremonia.
Aunque es una incorporación reciente, el acto encuentra en la Morería un escenario cargado de historia. La procesión contemporánea recupera así el valor del casco antiguo como espacio de recogimiento y representación.
El Viernes Santo y el Santo Entierro
La mañana del Viernes Santo comienza en el convento de la Virgen al Pie de la Cruz. Desde allí parte el Vía Crucis de Pasión, que atraviesa las calles de la Morería y concluye en el altar mayor de Nuestra Señora de los Ángeles.
Por la noche tiene lugar la Procesión del Santo Entierro, núcleo histórico de la celebración. El cortejo se forma después de la ceremonia celebrada en presencia de la reliquia de la Vera Cruz conservada en la parroquia.
Procesionan el Cristo Yacente, la Virgen de los Dolores y el Cristo de la Providencia, conocido popularmente como el Crist de la Creu, procedente del barrio de la Cruz. La incorporación de esta última imagen conecta la celebración general con una devoción vinculada a otro sector de la población.
La urna del Yacente, los faroles, la cruz procesional, los nazarenos y las marchas fúnebres configuran el paisaje visual y sonoro. Frente a la luminosidad del Domingo de Ramos, el Viernes Santo se caracteriza por la lentitud del paso, la contención de los movimientos y el predominio de los colores oscuros.
El recorrido termina en San Miguel de Soternes. Allí se realiza el tradicional besapiés al Cristo Yacente, custodiado por los nazarenos hasta que concluye el paso de los asistentes. El acto prolonga la procesión dentro del templo y crea una transición entre el desfile público y la veneración individual.
Del silencio a la luz
La Vigilia Pascual del Sábado Santo marca el cambio de ambiente. El fuego nuevo, el cirio, las velas, el incienso y los cantos sustituyen progresivamente a la oscuridad de los días anteriores.
Desde un punto de vista cultural, la celebración muestra la importancia de la luz como lenguaje. La iglesia comienza en penumbra y va iluminándose con las pequeñas llamas transmitidas entre los asistentes. La arquitectura, los objetos y las personas aparecen de manera gradual.
Esta transición prepara el acto más característico de la Semana Santa mislatera: el Encuentro del Domingo de Resurrección.
La coreografía del Encuentro
El Encuentro conserva una compleja sucesión de movimientos transmitida durante generaciones. Después de la misa de primera hora, la Virgen de los Dolores sale de la parroquia y avanza por la calle Mayor hasta las proximidades del cruce con Miguel Hernández, lugar recordado por los vecinos como casa Coperías. Allí gira y queda orientada hacia la iglesia.
Poco después sale Jesús Resucitado. La imagen se dirige hacia el Ayuntamiento, da la vuelta y se sitúa delante de la puerta del templo, desde donde espera la llegada de la Virgen.
Comienza entonces la parte más singular. La Dolorosa avanza por la calle Mayor y, al llegar aproximadamente a la antigua calle de la Estación, inicia las reverencias. Retrocede seis pasos sin dejar de mirar hacia la iglesia y después avanza veinte. El movimiento se repite tres veces.
Tras la tercera reverencia, la Virgen deja de retroceder y avanza con rapidez hasta reunirse con Jesús Resucitado. El esfuerzo de quienes dirigen y desplazan las andas da a la escena una intensidad difícil de reproducir fuera de su contexto.
En el momento del encuentro voltean simultáneamente las cuatro campanas del campanario. Se disparan carcasas cargadas con serpentinas y papeles impresos con alabanzas. Antiguamente colaboraba también la Sociedad Colombófila de Mislata, que realizaba una suelta de palomas.
Después se organiza una breve procesión. Jesús Resucitado marcha delante y la Virgen lo sigue a poca distancia. Ambas imágenes llegan de nuevo al cruce de Mayor con Miguel Hernández, giran y regresan a la parroquia. La banda de música acompaña el recorrido.
Durante el Encuentro, la Virgen abandona los colores de luto y aparece vestida de blanco. El cambio de indumentaria transforma por completo su presencia y marca visualmente el paso del dolor a la alegría pascual.
Una tradición transmitida de padres a hijos
La secuencia exacta del Encuentro fue conservada gracias a su transmisión dentro de las familias encargadas de dirigirlo. Valentín Barberá Lluna relató los pasos a su hijo Vicente Barberá Montañana el 18 de diciembre de 2011, poco antes de fallecer.
Valentín había aprendido la ceremonia acompañando a su propio padre. Durante años mantuvo el conocimiento de los movimientos y de las distancias necesarias para ejecutar las reverencias. Cuando tuvo ochenta y ocho años aceptó dictar el relato para evitar que se perdiera.
Vicente comenzó a dirigir el Encuentro en 2013. La historia ejemplifica cómo se conserva el patrimonio inmaterial: no mediante un objeto guardado en una vitrina, sino a través de personas que recuerdan, enseñan y ejecutan una serie de gestos.
Los seis pasos hacia atrás, los veinte hacia delante, las tres reverencias y la carrera final forman una coreografía precisa. Si dejara de practicarse, no bastaría conservar las imágenes y las andas para reconstruirla. Su continuidad depende del conocimiento de quienes participan.
Permanencia y transformación
La Semana Santa de Mislata ha cambiado porque también lo ha hecho la ciudad. Las calles ya no pertenecen al pequeño pueblo agrícola del siglo XIX. Los antiguos recorridos atraviesan hoy un municipio densamente poblado, comunicado con Valencia e integrado en su área metropolitana.
También se transformaron las formas de participación. Desaparecieron muchos personajes bíblicos y parte del antiguo vestuario alquilado. La Carxofa dejó de formar parte habitual del Encuentro. Se perdieron andas, estandartes y músicas, mientras aparecieron nuevas indumentarias y procesiones.
La incorporación de los nazarenos, la recuperación de recorridos y la creación de la Procesión del Silencio muestran que la tradición no permanece viva repitiendo siempre lo mismo. Se mantiene mediante una negociación constante entre memoria y renovación.
La existencia de un inventario patrimonial, la recopilación de testimonios y la conservación de fotografías permiten ahora comprender la celebración como algo más amplio que su programa anual. Imágenes, textiles, insignias, recorridos, sonidos y gestos forman un mismo patrimonio.
Una memoria compartida
La Semana Santa puede contemplarse desde la fe, pero también como una manifestación histórica y cultural. Sus procesiones han contribuido a ordenar el calendario, reconocer lugares de la ciudad, transmitir músicas y conservar formas de trabajo colectivo.
La Hermandad, las clavariesas, la parroquia, las bandas, los portadores, las familias que visten las imágenes y quienes preparan flores, andas y recorridos han sostenido una celebración que no pertenece únicamente a sus organizadores. Cuando ocupa las calles pasa a formar parte del paisaje común de Mislata.
El Santo Entierro conserva la memoria de la reconstrucción iniciada en 1944. El Encuentro mantiene una coreografía transmitida de padres a hijos. Los programas antiguos recuerdan la labor de las clavariesas. La Carxofa remite a una cultura festiva compartida por los pueblos de l'Horta. Las nuevas procesiones demuestran que la tradición continúa produciendo formas propias.
Cuando las cuatro campanas voltean, la Virgen avanza por la calle Mayor y los papeles de colores vuelven a caer sobre la plaza, no se representa un pasado intacto. Se reúnen todas las etapas de la historia local: la antigua Semana Santa del siglo XIX, la pérdida de 1936, la reconstrucción de posguerra, los años de decadencia y el esfuerzo reciente por recuperar la celebración.
La Semana Santa de Mislata continúa viva porque sus gestos todavía encuentran personas dispuestas a aprenderlos, ejecutarlos y transmitirlos.