Fiestas Patronales

Las fiestas patronales de Mislata no nacieron de una sola vez ni pueden explicarse mediante una única fecha. Son el resultado de siglos de devoción, transformaciones urbanas, costumbres festivas y trabajo colectivo. En ellas conviven la solemnidad de la misa y la procesión con el estruendo de la pólvora, el sonido de la banda, las albaes, la murta, la paella y el bullicio de unas calles que, durante varios días, vuelven a convertirse en el centro de la vida comunitaria.

El Santísimo Cristo de la Fe y Nuestra Señora de los Ángeles presiden una celebración que ha conocido interrupciones, pérdidas, reconstrucciones y continuas adaptaciones. Algunas de sus costumbres han desaparecido; otras se han transformado; muchas han regresado con formas nuevas. Sin embargo, permanece una misma idea: la fiesta como espacio de encuentro y como expresión de la memoria compartida de Mislata.

Una historia formada por estratos:

Durante siglos, el territorio de Mislata estuvo vinculado a la parroquia de San Nicolás de Valencia. José Sanchis y Sivera, Martínez Aloy y otros autores sitúan en 1535 la separación eclesiástica de Mislata y su constitución como curato independiente. Se cita a Antonio Bonet como su primer párroco.

Antes de esa fecha debió de existir algún pequeño lugar de culto. Las fuentes hablan indistintamente de una capilla o ermita. También se ha planteado que pudo hallarse en el recinto del castillo, aunque no se conserva documentación suficiente para determinar con seguridad su emplazamiento o su naturaleza.

La expulsión de los moriscos en 1609 y la carta de repoblación de 1611 alteraron profundamente la estructura de Mislata. El antiguo núcleo de la Morería perdió su anterior centralidad y fue formándose otro espacio urbano alrededor de la Casa Gran, la plaza y la calle Mayor. El crecimiento de ese caserío hizo necesario un templo más amplio.

La iglesia actual de Nuestra Señora de los Ángeles comenzó a levantarse en 1704 sobre el solar de un edificio anterior y fue concluida y bendecida en 1755. El proceso duró, por tanto, más de medio siglo y contó, según las historias locales, con aportaciones de los vecinos. Estas fechas aparecen tanto en las obras de Sanchis y Sivera y Moya Casals como en estudios posteriores. También son recogidas en una investigación dedicada a la extensión de la advocación del Cristo de la Fe en España, que resume la historia religiosa de Mislata y sus fiestas.

La construcción del templo consolidó la advocación de Nuestra Señora de los Ángeles como titular de la parroquia. En una de sus capillas laterales recibió culto el Santísimo Cristo de la Fe, reconocido igualmente como patrón del pueblo.

La fecha de 1483: tradición y cautela histórica:

En 1983, los clavarios de Nuestra Señora de los Ángeles celebraron el supuesto quinto centenario de su proclamación como patrona de Mislata. El programa de aquel año afirmaba, atribuyendo la información al historiador Roque Chabás, que la proclamación había tenido lugar en 1483. Con ese motivo se preparó una conmemoración especial y se invitó al arzobispo de Valencia, Miguel Roca, a la misa solemne.

Sin embargo, en las fuentes examinadas no aparece el documento original que permita comprobar una proclamación formal en 1483.

La antigüedad de la devoción a la Virgen de los Ángeles no depende de aceptar o rechazar esa fecha. El templo levantado entre 1704 y 1755 ya estaba dedicado a ella, y las fuentes posteriores muestran que su presencia religiosa y simbólica se encontraba profundamente arraigada en Mislata. La tradición de 1483 forma parte de la memoria de la fiesta, pero continúa pendiente de confirmación documental.

El origen de la advocación del Cristo de la Fe:

Otra tradición repetida por varios autores relaciona la difusión de la advocación del Cristo de la Fe con el patriarca Juan de Ribera y con la reorganización religiosa producida después de la expulsión de los moriscos. La hipótesis resulta verosímil dentro del contexto valenciano de comienzos del siglo XVII y aparece recogida en publicaciones posteriores.

Lo que sí puede afirmarse es que la veneración del Cristo estaba plenamente consolidada antes del siglo XX. El Nomenclátor geográfico-eclesiástico de los pueblos de la diócesis de Valencia, publicado por Sanchis y Sivera en 1922, identifica a Nuestra Señora de los Ángeles como titular del templo y al Cristo de la Fe como patrón de Mislata.

Este matiz es importante. La devoción puede ser mucho más antigua que los documentos conservados, pero la historia no debe convertir una posibilidad en certeza. La advocación del Cristo forma parte indiscutible de la identidad religiosa de Mislata; su momento exacto de aparición continúa abierto a nuevas investigaciones.

Un calendario que fue cambiando:

Las fiestas no siempre tuvieron exactamente el calendario actual. Las investigaciones sobre las celebraciones muestran que las fechas, los recorridos y las formas de participación variaron durante el siglo XIX. Algunas referencias sitúan celebraciones del Cristo en otoño y las relacionan con el ciclo festivo del Rosario. Con el tiempo fueron consolidándose en los últimos días de agosto.

A comienzos del siglo XX ya aparece reconocible la estructura que ha llegado hasta nosotros: el último domingo de agosto dedicado al Santísimo Cristo de la Fe y el lunes siguiente consagrado a Nuestra Señora de los Ángeles.

Este cambio no fue excepcional. En numerosos pueblos valencianos las fechas se desplazaron por razones agrícolas, económicas, religiosas o sociales. Agosto ofrecía un momento favorable después de buena parte de los trabajos del campo y antes de comenzar otras tareas del calendario agrícola. También facilitaba el regreso temporal de quienes vivían o trabajaban fuera.

El estudio de Enric Olivares Torres sobre las fiestas mayores de l'Horta analiza precisamente cómo procesiones, cabalgatas, danzas y personajes rituales fueron transformándose durante los dos últimos siglos. El capítulo dedicado a Mislata permite situar sus fiestas dentro de una cultura festiva comarcal más amplia, aunque con características locales propias.

La fiesta antigua:

Los programas, poemas y recuerdos conservados permiten reconstruir el ambiente de las fiestas antiguas. Antes de comenzar los actos, las calles eran barridas, regadas y adornadas. Las fachadas se blanqueaban y de ventanas y balcones colgaban colchas, mantones y otros tejidos. La limpieza no era únicamente práctica: expresaba la voluntad de presentar el pueblo engalanado para recibir a sus patronos.

La víspera estaba marcada por el volteo de campanas, la música y la pólvora. Podía haber serenata, albaes, bailes, coloquios, pasacalles y cordà. Los músicos contribuían a transformar un espacio cotidiano en escenario festivo. El ruido de cohetes y tracas anunciaba que la vida ordinaria quedaba temporalmente suspendida.

La llegada de vendedores ambulantes formaba parte inseparable del paisaje. Puestos de frutos secos, melones, dulces, medallas, estampitas, juguetes y pequeños objetos cerámicos ocupaban las calles más concurridas. Las casas recibían a familiares e invitados, y la comida del día grande se convertía en otro de los ritos de la fiesta.

El poema Festes de poble, de Maties Ruiz, conserva una descripción irónica y afectuosa de ese mundo. Aparecen la serenata, la cordà, los vendedores, la iglesia llena, el sermón, la traca, el gran almuerzo, los bailes, las albaes y la procesión. Es una composición literaria, no un acta notarial, pero tiene un enorme valor como memoria etnográfica: reproduce los sonidos, personajes y gestos que varias generaciones identificaron con la fiesta.

Las antiguas procesiones: un teatro religioso en movimiento

Las procesiones de otros tiempos eran más extensas y escénicas que las actuales. Delante de la imagen podían desfilar la cruz parroquial, los monaguillos, largas filas de personas con cirios, niños vestidos de ángeles y figuras tomadas de la historia bíblica.

Los programas y versos mencionan personajes como Judith, Josué, los apóstoles o la popularmente llamada Verge de la Burreta. También existieron carros triunfales, danzas y representaciones alegóricas. Algunas familias asumían durante años la preparación de un determinado personaje o vestuario, creando una forma de patrimonio transmitido dentro de la propia comunidad.

La procesión era, así, una catequesis visual y un espectáculo colectivo. No se limitaba a trasladar una imagen. Ordenaba simbólicamente a la población, convertía las calles en prolongación del templo y permitía que cada grupo encontrara un lugar dentro del cortejo.

Al regresar a la iglesia sonaban la Marcha Real, las campanas, las tracas y los aplausos. La entrada de la imagen era uno de los momentos de mayor intensidad emocional, una característica que todavía se conserva.

La ruptura de 1936:

El 23 de julio de 1936, en el contexto de la violencia revolucionaria que siguió al levantamiento militar y al inicio de la Guerra Civil, la iglesia parroquial fue asaltada e incendiada. El edificio quedó gravemente afectado y desaparecieron el archivo, retablos, mobiliario y numerosas imágenes veneradas por los vecinos.

Entre las tallas destruidas o desaparecidas se encontraban las antiguas imágenes de Nuestra Señora de los Ángeles y del Santísimo Cristo de la Fe. También se perdió buena parte de la documentación necesaria para estudiar sus autores, cronología, restauraciones y fiestas.

La pérdida fue religiosa, artística e histórica. Con las imágenes y los papeles desapareció una parte de la memoria material del pueblo. Terminada la guerra, la recuperación del templo y de las celebraciones exigió reconstruir tanto los objetos como las relaciones entre vecinos marcadas por el conflicto.

1939: reconstruir la fiesta y reconciliar al pueblo

El testimonio de Jesús Martínez, uno de los participantes en la reorganización festiva, sitúa el comienzo de la recuperación en abril de 1939. Terminada la guerra, un grupo de vecinos vinculado al Ayuntamiento y al juzgado decidió restablecer las fiestas religiosas patronales.

Martínez destaca la intervención de Vicente Querol Gimeno, a quien describe como una persona de gran capacidad organizativa y responsable de dirigir al grupo durante sus primeros cuatro años. Sin embargo, la escasez económica y las heridas dejadas por la guerra convertían aquella iniciativa en una tarea difícil.

A finales de junio llegó a la parroquia José Santarrufina, procedente de Banyeres. Según el relato, el nuevo párroco insistió en la necesidad de recuperar la vida parroquial, fomentar la reconciliación y evitar que las divisiones del pasado volvieran a enfrentar a los vecinos. Con su impulso y la colaboración de los clavarios de Nuestra Señora de los Ángeles se celebraron de nuevo las fiestas patronales.

La memoria de Jesús Martínez identifica aquellas primeras fiestas con la presencia de una nueva imagen del Cristo. La documentación artística fecha en 1940 la talla estable que ocupó el templo. Ambas afirmaciones pueden referirse a momentos distintos de un mismo proceso: 1939 marcaría la reorganización de la fiesta y el encargo de la imagen; 1940, su conclusión y bendición.

El regreso del Cristo a las calles:

La narración de Jesús Martínez conserva una descripción especialmente emotiva de aquella primera procesión recuperada. La iglesia se encontraba adornada, con la imagen del Cristo situada a la derecha del altar. Los fieles llevaban cuatro años sin verla salir por las calles.

Al comenzar la procesión sonaron las campanas, la música y la traca. Hubo vivas, aplausos, lágrimas y abrazos. La imagen fue llevada a hombros en un cortejo compuesto entonces únicamente por varones, desde jóvenes hasta hombres maduros.

El recorrido llegó al barrio de la Cruz, considerado por el autor el centro comercial de aquella Mislata. Pasó por la confluencia de la calle Valencia con la carretera de Torrent —actual avenida de Blasco Ibáñez— y ante el antiguo molino arrocero de Brusel. Regresó después por la actual calle Mayor.

José María Coll, ebanista y miembro de aquel primer grupo, se encargó de construir las andas. La participación de artesanos locales muestra hasta qué punto la recuperación de la fiesta dependió del trabajo directo de los vecinos.

En 1964 se celebró el vigesimoquinto aniversario de aquella reorganización. José Santarrufina, trasladado años antes a la parroquia del Buen Pastor, volvió a participar junto con el entonces párroco Francisco Sastre. Los supervivientes y familiares de los primeros clavarios representaron a quienes ya habían fallecido.

Las imágenes reconstruidas después de la guerra:

La recuperación del patrimonio religioso fue gradual. La nueva imagen titular de Nuestra Señora de los Ángeles fue encargada en 1940 por el párroco José Santarrufina y llegó al templo alrededor de 1941. La obra se atribuye al escultor Enrique Casterá Masià, vinculado profesionalmente con José Muñoz Aleixandre.

La composición recrea la aparición de la Virgen de los Ángeles a San Francisco en la Porciúncula. La imagen, rodeada por una gloria de ángeles y con el santo arrodillado a sus pies, ocupa el altar mayor y no debe confundirse con la talla de menor tamaño que sale en procesión.

La imagen del Santísimo Cristo de la Fe situada en el templo fue realizada y bendecida en 1940. Se atribuye igualmente a Enrique Casterá Masià y José Muñoz Aleixandre. Está tallada en madera de pino y colocada sobre una cruz revestida de nogal.

La reconstrucción artística de la parroquia no fue un simple intento de llenar espacios vacíos. Cada nueva imagen debía sustituir a otra recordada por los vecinos y responder, a la vez, a las limitaciones económicas de la posguerra. 

1945 y 1946: la recuperación de la fiesta de la Virgen

La actual tradición procesional de la Virgen posee otro momento decisivo en 1945. Una publicación conmemorativa de 2010 recordaba que tres amigos, apoyados por buena parte del vecindario, se comprometieron aquel año a organizar una fiesta en honor de la patrona.

Otras memorias identifican a aquellos impulsores como Maties Ruiz Bellver, José Izquierdo Torregrosa y José María Leonés Quintín. El grupo estableció pequeñas cuotas periódicas y organizó donativos, rifas y representaciones teatrales. Según el relato publicado por la propia fiesta, la colaboración llegó a una parte muy amplia de las casas de Mislata.

El propósito principal era conseguir una imagen más ligera que pudiera salir en procesión. La talla del altar mayor resultaba demasiado grande y pesada. El encargo fue realizado al escultor Fernando Llopis Cloquell por unas 8.500 pesetas y la nueva imagen quedó concluida en 1946.

Esa es la imagen procesional que continúa recorriendo Mislata cada último lunes de agosto. En 2021, la parroquia celebró su 75.º aniversario.

Las fechas de 1945 y 1946 no contradicen el aniversario de las clavarías actuales. Señalan etapas diferentes: la recuperación de la fiesta y la adquisición de la imagen después de la guerra, por una parte, y la constitución de las organizaciones contemporáneas, por otra.

1976: el origen de las clavarías actuales

En 2026, las clavarías del Santísimo Cristo de la Fe y de Nuestra Señora de los Ángeles celebraron oficialmente su cincuentenario. El aniversario fija en 1976 el comienzo de la etapa organizativa actual de ambas entidades.

Esto no significa que antes de 1976 no hubiera clavarios ni fiestas. Los documentos demuestran precisamente lo contrario. Existieron comisiones y grupos organizadores en 1939, 1945 y otras épocas anteriores. Lo que nació en 1976 fue la forma contemporánea y estable de las dos clavarías que han llegado hasta nuestros días.

Una investigación sobre el Cristo de la Fe señala que, antiguamente, su fiesta era organizada por hombres casados y que se realizaba una passejà por la huerta situada en el actual barrio de la Luz. Por otro lado los hombres solteros organizaban las fiestas de la Virgen de los Ángeles mientras que, en el caso de las mujeres, las fiestas de la Purísima correspondían a las solteras y las de la Asunción a las casadas. La composición de las clavarías se amplió posteriormente y dejó de depender del estado civil de sus miembros.

La nueva imagen procesional del Cristo:

La reforma del presbiterio realizada en 1992 colocó la imagen titular del Cristo de la Fe en la parte alta del nuevo retablo. Descenderla cada año se convirtió en una operación difícil y arriesgada. Durante algún tiempo, las Hermanas de la Doctrina Cristiana cedieron generosamente otro crucificado para las procesiones.

La Clavaría del Cristo decidió entonces encargar una talla específica para las salidas. El proyecto fue promovido durante la presidencia de Antonio Cervera y se confió al escultor Roberto Gallardo, después de visitar diferentes talleres. Los clavarios pudieron seguir las sucesivas fases de ejecución.

La nueva imagen entró en Mislata desde la iglesia del convento de las Hermanas Servitas, acompañada por la banda de música. Al llegar a la parroquia fue bendecida durante una misa cantada por el coro parroquial.

El programa conservado no muestra claramente el año, pero la parroquia celebró en 2020 el vigesimoquinto aniversario de la imagen procesional. De ello se deduce que fue bendecida en 1995, no en 2015 como se ha publicado en alguna catalogación posterior.

Desde entonces conviven dos imágenes del Cristo con funciones diferentes: la titular, que permanece en el retablo, y la procesional, concebida para recorrer las calles.

Dos patronos y dos días grandes:

La estructura central de la fiesta gira alrededor de dos jornadas consecutivas. El último domingo de agosto está dedicado al Santísimo Cristo de la Fe. El lunes siguiente corresponde a Nuestra Señora de los Ángeles.

El esquema no es completamente rígido y los horarios cambian de un año a otro, pero conserva varios momentos esenciales: la despertà, la misa mayor, la pólvora del mediodía, la procesión y el disparo nocturno. En los días anteriores se celebran las passejades, la paella gigante, la Entrada Mora, conciertos, festivales, verbenas y otras actividades.

El día del Cristo comienza con la despertà y continúa con la traca correguda, la mascletà, la procesión y una mascletà nocturna. Pasada la medianoche tiene lugar la Nit d'Albaes de la Virgen.

El lunes de la patrona vuelve a amanecer con la despertà. Después de la misa mayor se dispara la mascletà. Por la tarde tiene lugar la Entrà de la Murta, durante la cual se prepara el recorrido procesional y se ofrece horchata a los asistentes. Por la noche sale la imagen de Nuestra Señora de los Ángeles y la jornada concluye nuevamente con pólvora.

La misa y la procesión:

Amadeo Tortajada Ferrandis escribió dos extensas reflexiones sobre las fiestas de Mislata. En ellas distinguía actos religiosos, culturales, deportivos y recreativos, pero concedía un lugar central a la misa y a la procesión.

La misa mayor reunía a autoridades, clavarios, reina y corte de honor, músicos y pueblo. Tortajada consideraba especialmente emocionante el momento en el que los asistentes se levantaban para recibir la comunión. Su descripción refleja una época en la que el programa oficial y el religioso se hallaban estrechamente unidos.

La procesión trasladaba esa vivencia al espacio público. Cuando la imagen cruzaba las puertas del templo, las calles y plazas se convertían en escenario de una representación compartida. No todos los espectadores participaban con idéntica intensidad religiosa, pero la salida seguía actuando como punto de encuentro entre devoción, tradición familiar, música e identidad.

Las procesiones actuales son menos teatrales que las decimonónicas. Han desaparecido muchos personajes bíblicos, carros y representaciones alegóricas. Sin embargo, conservan sus elementos fundamentales: los cirios, las andas, la banda, el acompañamiento de las clavarías y el recibimiento de la imagen al salir y entrar en el templo.

La Passejà: proximidad entre imagen y vecindario

La passejà ocupa un lugar propio dentro de las fiestas. No es simplemente una segunda procesión solemne. Su carácter es más cercano, festivo y popular. La imagen se desplaza entre música, pólvora, vítores y una participación más espontánea del público.

En el caso del Cristo, una fuente recuerda la antigua salida por la huerta situada en el actual barrio de la Luz. En la celebración contemporánea, la imagen recorre calles urbanizadas que conservan muy poco de aquel paisaje agrícola.

La passejà de la Virgen es hoy uno de los actos más concurridos. La combinación de pólvora, música y devoción muestra hasta qué punto los límites entre ceremonia religiosa y fiesta callejera son permeables en la cultura valenciana. No se trata de actividades contrarias, sino de dos lenguajes que actúan simultáneamente.

Las entradas y salidas del templo y el paso por la plaza de la Constitución se encuentran entre los momentos de mayor emoción.

Gozos, versos y albaes:

La fiesta también ha creado su propia literatura. Los gozos son composiciones poéticas religiosas destinadas a ensalzar a Cristo, la Virgen o los santos y a recordar episodios de sus vidas. Suelen utilizar versos heptasílabos u octosílabos agrupados en estrofas, con un estribillo que se repite al final.

Los gozos de la Virgen de los Ángeles escritos por Maties Ruiz están profundamente vinculados a Mislata. Presentan a la patrona como madre protectora y guía del pueblo. El estribillo la proclama señora de los ángeles y reina de los mortales.

También se conservan gozos en castellano al Santísimo Cristo de la Fe, donde se pide su asistencia ante la enfermedad, el parto, el dolor y cualquier desgracia. Son testimonios de una religiosidad popular que no se limitaba a la liturgia oficial, sino que acompañaba las preocupaciones cotidianas.

La Nit d'Albaes mantiene viva otra forma de poesía oral. Las letras, cantadas con acompañamiento musical, honran a la patrona y recorren el centro histórico después de terminar el día del Cristo. La voz individual del cantaor se convierte así en voz pública de la fiesta.

La pólvora: arte, riesgo y pertenencia

Pocas tradiciones resumen mejor el carácter de las fiestas de Mislata que la pólvora. Tracas, mascletaes, castillos, fuegos nocturnos, passejades, cordaes y disparos de aviso han acompañado durante generaciones los días grandes.

La presencia de la cordà en Mislata está documentada al menos desde finales del siglo XIX. Una investigación de Félix Gámez sobre la pólvora valenciana recupera una noticia de 1890 en la que se menciona la participación de aficionados de Paterna en una cordà celebrada en Mislata. La referencia demuestra la circulación de tiradores y técnicas pirotécnicas entre los pueblos de l'Horta.

Joan Josep Serra i Martí describió la cordà local como una combinación de luz, ruido, fuego y habilidad. Los cohetes se lanzaban a mano o se distribuían en cajones situados a lo largo de la zona de fuego. Los tiradores utilizaban casco, ropa gruesa y otras protecciones.

En la cordà antigua existía incluso un rito de iniciación. Los participantes veteranos bendecían simbólicamente con fuego a los jóvenes que comenzaban a tirar. La comunidad los reconocía así como adultos capaces de asumir el riesgo y la responsabilidad de la pólvora.

La etapa de mayor intensidad se situó, según Serra, a finales de la década de 1980 y comienzos de la siguiente. Algunos años se habrían disparado más de tres mil docenas de cohetes. La calle Mayor y la plaza de la Constitución se convertían en una gran zona de fuego.

Tortajada afirmaba que en la mascletà el ruido se transformaba en arte. Destacaba el trabajo de «Gori», el coheter de Mislata, y su capacidad para construir finales de gran intensidad. En 2026 la traca correguda del día del Cristo volvió a dedicarse expresamente a Gregorio Juan «Gori», prueba de la permanencia de su recuerdo.

La normativa municipal actual modificó el formato de varios actos. La antigua cordà abierta dejó paso a manifestaciones más controladas, recorridos delimitados y participantes formados. La transformación no significa que la cultura del fuego haya desaparecido. Continúa en las mascletaes, las tracas, las passejades y los disparos nocturnos, aunque sometida a condiciones distintas.

La música, otro idioma de la fiesta:

La banda de música es tan importante como la pólvora para comprender el paisaje sonoro de las fiestas. Las marchas acompañan a las imágenes, los pasacalles anuncian los actos y los conciertos ofrecen un espacio de escucha distinto al bullicio de la calle.

Amadeo Tortajada consideraba que la música era el arte popular por excelencia, capaz de hablar un lenguaje universal. Recordaba los conciertos de la banda de Mislata, donde se combinaban obras de Wagner, Mozart o Beethoven con composiciones de Albéniz, Granados, Falla y el maestro Serrano.

El actual Festival de Bandas acumula más de cuatro décadas de historia. La edición de 2026 fue la cuadragésima séptima y reunió al Centre Instructiu Musical de Mislata con la Banda Primitiva de Llíria.

Las hemerotecas recuerdan otras ediciones con sociedades invitadas de Alberic, Quart de Poblet y diferentes municipios valencianos. Estos festivales no fueron meros complementos del programa: convirtieron la plaza en auditorio y situaron a la cultura musical de Mislata dentro de una extensa red de bandas.

La paella gigante: de ocurrencia festera a tradición

En 1982, un grupo de clavarios del Cristo imaginó una paella capaz de alimentar a miles de personas. Manuel Correcher se ofreció a construir el recipiente. El 25 de agosto de aquel año, según el relato retrospectivo de Antonio Cervera Hernández, se utilizó por primera vez en la plaza de la Constitución.

La paella medía 4,20 metros de diámetro y pesaba alrededor de 1.200 kilos. Se calculaba que podía ofrecer unas cinco mil raciones. La relación publicada de ingredientes incluía 250 kilos de arroz, 220 de pollo, 110 de conejo, 50 de pato, 250 de verduras, 45 litros de aceite, tomate, sal, azafrán, pimentón, leña y romero.

Otro documento mecanografiado conserva la receta de una edición celebrada la noche del día 22 ante unas cinco mil personas. Las cantidades son diferentes: 180 kilos de arroz, 200 de pollo, 120 de conejo, 30 de pato, judías verdes, garrofón, baquetes, tomate, aceite, especias, 550 litros de agua y mil kilos de leña. La paella fue encendida por su constructor, Manuel Correcher, y cocinada por un equipo dirigido por Miguel Fuster Gómez.

Las diferencias no deben interpretarse como un error. Demuestran que la receta y las cantidades fueron adaptándose de una edición a otra. También existió una paellera menor, de 2,22 metros y unos 450 kilos de peso, construida para servicios de aproximadamente 1.500 personas. Los equipos de Mislata cocinaron posteriormente en localidades como Azuaga, en Badajoz, o Lanjarón, en Granada.

La paella gigante se convirtió en un clásico y continúa preparándose desde 1982, primero en la plaza de la Constitución y durante algunas etapas en la plaza Mayor. 

En 2026 regresó a la plaza de la Constitución y reunió alrededor de 2.500 comensales. La cifra es menor que la atribuida a las primeras grandes convocatorias, pero conserva lo esencial: una comida compartida, gratuita o popular, organizada como gesto de hospitalidad colectiva. 

De los desfiles invitados a la Entrada Mora de Mislata:

Los Moros y Cristianos también han formado parte de diferentes etapas de las fiestas. Una noticia de prensa recuerda un desfile de comparsas de Paterna que recorrió la calle Mayor y terminó en la plaza de la Constitución. Aquel acontecimiento debe distinguirse de la Entrada Mora organizada después por las propias clavarías de Mislata.

Los programas y testimonios locales sitúan el nacimiento de esta última a comienzos de la década de 1980. Durante los primeros años fue necesario contratar comparsas completas. Más adelante, los propios clavarios y colaboradores comenzaron a asumir personajes, vestuario y organización.

La fiesta fue adquiriendo formas diferentes. La Clavaría de la Virgen consolidó la Entrada Mora, mientras que la del Cristo organizó durante algunos años una Noche Mora. Hubo ediciones conjuntas y experiencias de alternancia. Desde comienzos del siglo XXI, la Entrada Mora quedó especialmente vinculada a la Clavaría de Nuestra Señora de los Ángeles.

La actual Entrada Mora recorre las calles Cervantes, Ramón y Cajal y Mayor hasta llegar a la plaza de la Constitución. Aunque su estética procede de otra tradición festiva valenciana, hoy se ha incorporado al imaginario patronal de Mislata.

Vaquillas, cabalgatas y espectáculos:

Los programas históricos muestran una extraordinaria diversidad. Junto con la misa, las procesiones, la música y la pólvora se organizaron partidos de fútbol, competiciones deportivas, reparto de premios, cabalgatas, funciones teatrales, verbenas, concursos, actuaciones de variedades, vaquillas y desfiles.

La presencia de reinas y cortes de honor fue especialmente visible durante determinadas décadas del siglo XX. Ocupaban un lugar preferente en misas, recepciones y actos públicos. Su desaparición o transformación refleja también los cambios sociales y la revisión del papel asignado a las mujeres dentro de la fiesta.

No todas las actividades tuvieron la misma duración. Las vaquillas desaparecieron; algunos deportes dejaron de estar vinculados a la programación patronal; los espectáculos de variedades fueron sustituidos por orquestas y conciertos; las antiguas cabalgatas cambiaron su significado.

La fiesta nunca fue un repertorio inmutable. Cada generación añadió aquello que consideraba atractivo y abandonó lo que había perdido aceptación o resultaba difícil de mantener. Por eso su historia debe escribirse como un proceso de continuidades y cambios.

Del pueblo agrícola a la ciudad metropolitana:

Durante el siglo XX, Mislata dejó de ser un pequeño municipio agrícola rodeado de huerta y se convirtió en una ciudad densamente poblada e integrada en el área metropolitana de Valencia. La transformación alteró calles, paisajes, relaciones sociales y formas de celebrar.

Los antiguos recorridos atravesaban zonas de huerta o llegaban a barrios entonces periféricos. Hoy transcurren por avenidas completamente urbanizadas. La calle Mayor conserva su valor simbólico, pero ya no pertenece al mismo pueblo descrito por los cronistas de comienzos del siglo pasado.

Amadeo Tortajada observó esta transformación cuando distinguió, utilizando el vocabulario de su tiempo, entre la población «nativa» y la «inmigrada». Su idea principal era que las fiestas podían actuar como espacio de integración. Mislata crecía con personas procedentes de otros lugares, pero la participación festiva permitía construir una pertenencia común.

Clavarios, familias y trabajo invisible:

Detrás de cada acto hay meses de reuniones, cuotas, rifas, loterías, búsqueda de patrocinadores, contratación de músicos y pirotecnias, preparación de recorridos, permisos, limpieza y coordinación con instituciones.

Durante mucho tiempo, una parte de ese trabajo quedó vinculada a papeles tradicionales: los hombres ocupaban los cargos visibles y las mujeres asumían la cocina, la atención de invitados, la preparación de adornos y otras tareas poco reconocidas. Las fuentes antiguas elogian, por ejemplo, el papel de las mujeres en la preparación de la paella y de las comidas festivas, pero lo hacen desde una división social hoy superada en gran medida.

Las clavarías contemporáneas han ido ampliando sus formas de participación. La presencia de mujeres, jóvenes y familias completas ha transformado las asociaciones. También ha cambiado la relación con el Ayuntamiento, la parroquia, las sociedades musicales, los comercios y el resto de colectivos locales.

La fiesta visible dura unos días. La organización que la hace posible ocupa prácticamente todo el año.

La fiesta como patrimonio de todos:

Amadeo Tortajada resumió el ideal de las fiestas con una expresión especialmente afortunada: «unidad en la libertad». Cada persona podía acercarse a ellas desde su fe, su memoria familiar, su gusto por la música, la pólvora, la gastronomía o el simple deseo de encontrarse con los demás.

Esa pluralidad explica su resistencia. Las fiestas han sobrevivido a guerras, destrucciones, cambios políticos, industrialización, inmigración, crecimiento urbano y nuevas formas de ocio porque nunca pertenecieron exclusivamente a un único acto o grupo. Su continuidad procede de la suma de muchas participaciones.

Cuando las campanas anuncian los días grandes, las imágenes salen del templo y la pólvora vuelve a resonar en las calles, no se representa un pasado intacto. Se hacen visibles todas las capas de la historia de Mislata: la antigua huerta, la parroquia levantada durante el siglo XVIII, la reconstrucción de 1939, los grupos de 1945, las clavarías de 1976 y la ciudad del presente.

La fiesta continúa viva porque cada generación la recibe, la modifica y vuelve a entregarla. Esa es su verdadera antigüedad y también su porvenir.

Fotogalería



Si quieres conocer más sobre nuestros patrones accede a su historia desde aquí:

Fuentes:

-Amadeo Tortajada Ferrandis, Las fiestas de Mislata y su Pregón. Unidad en la Libertad.

-Amadeo Tortajada Ferrandis, Fiestas Patronales. Ayer y hoy.

-Jesús Martínez, Traída de la imagen del Stmo. Cristo de la Fe.

-Santos Ramírez Martínez, Una historia para una devoción y un templo.

-Francesc López i Porcal, Gojos, un tipus de composició literària.

-Francesc López i Porcal, La voz de las campanas, 200 años de historia.

-Joan Josep Serra i Martí, Una orgía de fuego. La Cordà.

-Antonio Cervera Hernández, La paella más grande está en Mislata.

-José María Leonés, Ntra. Sra. de los Ángeles: 65 años de devoción a la patrona.

-Maties Ruiz, Festes de poble. Poesia festiva y Els gojos a la Verge dels Àngels.

-Francisco Llopis Dionís, Versos a nuestra Patrona.

-Celestino Ibáñez Giner, Canto a la Virgen de los Ángeles.

-Francisco Ortiz, Mare de Déu dels Àngels, patrona de Mislata y Una festa de solera, la dels Àngels mislatera.

-Programas históricos de las clavarías del Santísimo Cristo de la Fe y de Nuestra Señora de los Ángeles.

-José Sanchis y Sivera, Nomenclátor geográfico-eclesiástico de los pueblos de la diócesis de Valencia, 1922.

-Enric Olivares Torres, Festes majors a l'Horta. Cavalcades, processons i danses en la memòria de la casa Insa, Universitat de València, 2024.

-Imagen y veneración del Santísimo Cristo de la Fe en España.

-Félix Gámez García, Los valencianos y la pólvora en el siglo XIX.